LA VIEJA DE LA CASONA
de Leo Batic

Entré en la casa el día que perdimos el partido contra los chicos de la cuadra de la panadería. Aquel fue mi último partido de fútbol.

Juanma, que vivía en la esquina, murmuró todo el camino,
culpándose por sus equivocaciones. Le prometí que tendríamos la revancha el fin de semana siguiente. En ese momento ni me imaginaba cómo cambiarían las cosas.

Nos despedimos y caminé los últimos metros pateando la pelota con desgano. Debí saber que cuando te toca un día como aquel sábado lo mejor es no tentar a la suerte. Si las cosas fueron mal, siempre pueden salir peor.

Le pegué a la pelota con la parte externa del pie. Picó en una baldosa floja, luego en una piedrita, hizo un firulete sobre una rama caída junto al cordón y se perdió dando tumbos en el jardín de la casa de enfrente, saltando la verja de madera, como un conejo asustado.

¡Qué mala suerte! ¿Justo tenía que meterse en esa casa? Juanma y Ramiro contaban historias horribles sobre sus posibles habitantes.

Que una vieja se comía a los chicos, que un asesino se escondía en el sótano, que vivía un ladrón perseguido por la policía. Cada tarde se les ocurría una variante nueva y siempre terminábamos corriendo, alejándonos de su presencia tenebrosa. La casa tenía dos grandes
ventanales desde los huecos oscuros nos vigilaba.

Crucé la calle preguntándome por qué en otoño el sol es tan
pálido y las sombras tan pesadas. Las hojas de los arces hacían ruido de galletas trituradas y mi respiración retumbaba a cada paso.

La pelota sonreía entre el pasto enmarañado, asomando su calva blanca como un huevo mal escondido.

Una moto pasó a mis espaldas haciendo un ruido atronador, y por un instante quise huir. Miré a los lados, asegurándome de que ninguno de mis amigos me hubieran visto saltar. La calle estaba desierta. Pasé el primer pie sobre la verja.

Cuando tomé la pelota levanté la cabeza hacia los ventanales. No fue por valentía sino porque sentí que alguien me miraba. No había nadie. Sin embargo, donde el jardín daba una vuelta hasta convertirse en una senda para autos, una presencia me reclamaba.
Apenas me atreví a respirar cuando vi a la anciana pegada al vidrio. No parecía una asesina, pero se me heló la sangre y mis pies se clavaron al piso. Estaba aterrado. Esa era la vieja que se comía a los niños. Las manos me sudaban y la pelota quería resbalarse para regresar a la vereda de enfrente.

La mujer sonrió y yo respondí, nervioso, obligado por aquel gesto amable. ¿Podía alguien con una sonrisa así comerse a los niños? La anciana hizo un gesto para que me acercara. No pude contenerme, caminé paso a paso, hasta quedar frente a ella. El pasillo era amplio pero sentí que había quedado atrapado. La vieja señaló una puerta, que se abrió sola, con un chirrido espantoso.

¿Por qué no corría?

–Adelante pequeño, adelante.

–Permiso –dije temblando.

–Pasá y sentate junto a la mesa. Tengo té caliente y masas.

Miré la cocina y me sorprendió su estado. Los muebles estaban despintados y las puertas de las alacenas casi se caían sobre la mesada, llenas de una capa de polvo. El horno parecía oxidado y por la puerta de la heladera emergía un pasto largo. En una silla junto a la mesa, la anciana esperaba con la misma sonrisa llena de arrugas.

Tan cálida, tan familiar.

–¿Tomás el té con azúcar?

–Sí, por favor. Disculpe, pero se me escapó la pelota. La viejita no respondió. Servía en la taza blanca con una tetera impecable, que destacaba en la destartalada cocina. La mesa estaba encerada sólo donde apoyaba mis brazos, el resto estaba tan sucio y avejentado como toda la cocina.

–Probá una galleta, las acabo de sacar del horno.

Miré de nuevo el horno y no creí, ni por un instante, que algo
hubiera podido salir de ahí cocinado, o al menos caliente. Toqué una, todavía estaba tibia.

¡NO LA PRUEBES! Me gritaba el cerebro desde algún lugar. Pero el perfume era embriagador, al tacto era suave y no podía negarme.

La mordí con cuidado por si era dura, pero se desarmó en mi boca. Nunca había probado una galleta tan exquisita en mi vida. Parecía de vainilla con aroma a cáscara de naranja. Y el té estaba riquísimo.

Ni el mejor chocolate caliente podía competir con ese perfume fuerte y dulzón. Saboreé a intervalos, galleta y té, hasta que se acabaron ambos.

Y la viejita volvió a servirme, con una sonrisa.

Disfruté de la textura granulada de la galleta y del terciopelo de la bebida. Si existía el cielo de las meriendas, esas galletas y aquel té merecían servirse entre nubes, mientras los ángeles cantaban sus alabanzas.

–Gracias por venir, hace tiempo que nadie me acompaña –dijo, acomodándose la pollera gris–. Nadie quiere visitarme por el aspecto de la casa. Y no puedo culparlos, es un desastre. Desde que mi hijo se fue nadie la pinta, ni la limpia. Me gustaría tenerla hermosa como cuando vivía mi esposo, pero estas manos están cansadas y no pueden hacer otra cosa que estas masas y el té.

Me sentí miserable. Había jugado mil veces frente a esa casa, usándola de escenario para mis historias de terror y seguro la vieja había escuchado cada relato con tristeza. Yo había obligado a que esa pobre mujer permaneciera encerrada en la mugre, como un preso sin condena que no puede suplicar por su libertad.

–Están riquísimas –dije, tomando otra galleta, sintiéndome un ladrón, un maldito pecador que se aprovecha de una pobre mujer sola.

–Antes esta casa estaba llena de chicos. Cuando mi Damián tenía tu edad se la pasaban jugando a la pelota en el parque del fondo de la casa, se colgaban del manzano, se escondían entre las plantas.

Cuando mi pequeño era bueno y se acordaba de su madre, y no la dejaba encerrada como un perro sarnoso.

Las arrugas de la vieja se habían acumulado en su frente y sus ojos se habían puesto más claros, más transparentes, como gotas de agua.

–¿La puedo ayudar en algo?

No podía contenerme. Cometía errores, pero siempre había sido un chico bueno, educado y amable. Al menos eso decían papá y mamá.

–No, no puedo pedirte nada, gracias. Estabas jugando con tu
pelota y yo te distraje con estas historias de vieja loca.

–Por favor, no diga eso. Déjeme que le dé una mano. En casa lavo los platos y con papá varias veces destapamos la pileta de la cocina y él me enseñó a usar algunas herramientas.

–¿En serio no te molesta?

–Para nada.

Me puse de pie, junté la tetera vacía, la taza y el plato con
miguitas. Llevé todo a la pileta y abrí la canilla. La cañería tosió varias veces, y largó dos o tres chorros de un líquido marrón oscuro, que pronto se convirtieron en una corriente de agua transparente que perforó la mugre acumulada en la pileta. El detergente estaba rancio y la esponja parecía llevar años dentro de su soporte plástico, pero no le di importancia. Lavé los platos. Y seguí con la pileta, la mesada y el frente del horno. No me animé a abrirlo porque temí descomponerme después de haber probado esas galletas tan maravillosas. Limpié los cerámicos de la cocina y pasé un trapo viejo por la mesa y las sillas. Para cuando terminé las luces estaban encendidas y mamá gritaba desde la vereda de enfrente.

–Me tengo que ir señora. Pero le prometo que mañana vuelvo.

–Sos un ángel. Pero no me llames señora, me llamo Renata.

La saludé con una sonrisa, tomé la pelota que había dejado en una de las sillas y salí corriendo. Mamá estaba en la mitad de la cuadra, así que no me vio cruzar. Mejor, pensé, no quería dar explicaciones.

Al día siguiente regresé cuando mis padres dormían la siesta.

Renata me esperaba sentada en la misma silla con la tetera
humeante y las masas tibias sobre la mesa, ahora  impecable. Hablamos sobre la escuela, los amigos y los partidos de fútbol mientras limpiaba las alacenas y el bajo mesada.

Atornillé las bisagras de las alacenas, le puse aceite a la puerta de la cocina, le pasé el plumero a las lámparas y el estropajo al piso.

Seguí con la habitación que tenía una de las tenebrosas ventanas a la calle. Era un salón enorme, lleno de cuadros y muebles antiguos, una alfombra tejida, un reloj de pie, una mesa ratona y unos sillones elegantes que recuperaron su color cuando les saqué el polvo con un cepillo.

Durante las siguientes dos semanas volví todas las tardes
después del colegio. Un poco para ayudar a Renata y otro poco porque no podía pasar un minuto del día sin pensar en el té con masas.

Ella me esperaba en la misma silla, en el mismo lugar, con su recompensa recién preparada. Día tras día. Y yo arreglaba, centímetro a centímetro, la antigua casa. Aprendí a lijar, a pintar, a restaurar las persianas, a limpiar las alfombras. Renata me sugería cómo hacerlo y yo aprendía con esmero.

El primer día de invierno comencé a pintar la casa por fuera. Mis padres pasaron varias veces pero no repararon en el joven de mameluco y sombrero de papel, encaramado en la ligera y prolongada escalera. Se hubieran muerto de un síncope al verme trabajar tan febrilmente.

Después de la última helada la casa estaba reluciente, como si recién la hubieran construido. Muchos comenzaron a notar el jardín, el cerco inmaculado, las paredes restauradas y murmuraban sobre quién podía vivir en la casa embrujada.

Yo no decía nada. Durante aquellos meses, me había vuelto más maduro, más grande, más callado. Y Renata dejó de sonreír. Estaba seguro de que ya no le importaba mi presencia. Miraba por la ventana desde su silla, esperando a alguien.

Sentí celos. Celos de que viniera otro chico a entretener a Renata, a ocupar mi lugar, a tomar mi té y comer mis galletas.

La primera tormenta de la primavera se preparaba en las afueras de la ciudad, revolviendo el cielo con nubes cargadas de lluvia, que se frotaban, iluminando con sus relámpagos las copas de los árboles más altos.

Ya no trabajaba. No había nada más que hacer, salvo el recuadro donde permanecía la vieja. Un cuadrado de maderas secas y sin lustre. Una isla de polvo y vejez, que se resistía a la pulcritud, un recordatorio de los malos tiempos, o quizás una muestra de lo que esa casa podría volver a ser si yo me iba. Quise convencerla de cambiarse de silla pero Renata se negó.
–Él vendrá –dijo como toda respuesta.

Las galletas me supieron rancias, y el té seco, frío y amargo.
La tormenta oscureció el vecindario, como si la noche hubiera llegado a media tarde. Ella se irguió en la silla y volvió a tener la sonrisa que me había hipnotizado.

–Será mejor que me vaya, en cualquier momento se descargará un aguacero.

–No te vayas. Él viene.

Me quedé petrificado. Nunca le había preguntado a quién
esperaba. Me puse nervioso y comenzaron a sudarme las manos.
Asustado, retrocedí con disimulo hacia la puerta de la cocina.
Cuando no me estuviera mirando escaparía y no volvería más.
Un relámpago iluminó la casa, pintando todo de blanco azulado.
Salvo una silueta enorme que se proyectaba sobre la mesa, las sillas y la vieja. Una sombra que lo cubría todo, y que venía de la puerta, detrás de mí.

Un trueno se devoró mis entrañas y sentí ganas de ir al baño.

Pero no pude moverme.

Un nuevo relámpago agigantó la sombra, que lo dominaba todo.

Sentí el olor a la transpiración mezclada con la lluvia, y el olor a alcohol, el vaho a cigarro rancio.

La puerta estaba abierta y la lluvia pegaba en mi espalda y se colaba por debajo de mis pantalones, erizando los pelos desde mis pantorrillas hasta la nuca.


Continuará....
Si les interesó los invito a que piensen quién será Renata y quién esa sombra que llegó y a quien tanto esperaba Renata.... Espero su respuesta al email de la biblioteca ....  champagnatbiblioteca2020@gmail.com
Extraído de https://www.bidi.la/catalogo

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