La rebelión de los ciervos
de Mario Méndez
I
Elegante y distraída la hermosa cierva apoyó una de sus patas entre las piedras de la orilla y se inclinó para beber. El agua del arroyo, que bajaba rápida de la montaña, reflejó los ojos grandes y expresivos del animal, atentos a todo. Mientras bebía, la cierva andina se miró en el agua. Era realmente un magnífico animal, joven, veloz, lleno de vida. De pronto levantó la cabeza, con el agua chorreando de los belfos. ¿Había oído un ruido? La cierva mantuvo la cabeza erguida unos instantes, luego se convenció de que no
había oído nada y volvió a beber.
A unos cuantos metros del animal, un cazador contuvo el aliento.
Había movido unas ramas y muy poco había faltado para que el leve ruido lo delatara, haciéndole perder la pieza. Cuando comprobó que la cierva estaba otra vez tranquila levantó la escopeta y apuntó con cuidado. La cabeza de la hembra huemul estaba en la mira. El cazador tensó el dedo en el gatillo y en el momento en que iba a disparar una calandria levantó vuelo y cantó con todas sus fuerzas.
Sorprendida, la cierva levantó la cabeza bruscamente y la bala que debía impactar entre sus ojos no pudo dar en el blanco. El movimiento del animal, en el último momento, hizo que el proyectil penetrara entre el recio pescuezo y una de las paletas.
El cazador, convencido de que había acertado, salió de su
escondite entre los arbustos y se dirigió hacia la cierva, que había caído junto a la orilla. El hombre, gordo y un tanto torpe, caminaba con dificultad por entre la enmarañada vegetación del bosque. Para caminar mejor, confiado en que la presa ya había sido cobrada, se colgó la escopeta del hombro. Era lo que la cierva estaba esperando.
Como muchos animales cuando son atacados, ella había elegido como táctica de defensa hacerse la muerta. Sobreponiéndose al dolor de la herida se levantó todo lo rápido que pudo y cojeando abandonó la orilla. El cazador, sorprendido, descolgó su escopeta y disparó, pero su reacción no fue suficientemente veloz: cuando sonó
el segundo disparo ya la cierva se había perdido en lo más espeso del bosque.
Sabiéndose burlado el hombre se dispuso a seguir el rastro de sangre que iba dejando la cierva a su paso, pero pronto se dio cuenta de que era imposible entrar al bosque sin extraviarse, y regresó, maldiciendo, a su escondite entre las ramas. Allí se quedó, malhumorado, a la espera de que algún otro animal desprevenido se acercara a la trampa; pero no tuvo éxito: los dos disparos habían puesto al bosque entero sobre alerta y ya ningún animal volvería al arroyo en todo el día.
Mientas tanto la cierva continuaba su huida. Estaba mareada por toda la sangre perdida, y se había desorientado por completo. Sin saber para dónde iba corrió durante un largo rato, luego trotó y finalmente caminó, hasta que ya no le quedaron fuerzas y sus pasos se hicieron muy lentos e inseguros. Un hilito de sangre la seguía a todas partes.
Por fin se detuvo, exhausta. Flexionó sus largas patas y trató de acecharse sin tocar la herida. Entre la niebla que le velaba los ojos le pareció distinguir la silueta de un hombre que se acercaba, pero ya no le quedaban fuerzas para reaccionar. Resignada, apoyó la cabeza en la tierra húmeda y se desmayó.
II
Guillaumín de Fresquet caminaba de regreso a su casa cuando un ruido inesperado lo sobresaltó. A esa parte del bosque de Fram, cerca de una de las entradas de la aldea donde el hombrecito vivía junto a su amada Naranja, no solían acercarse los huemules, y lo que el pequeño Guillaumín había oído eran los inconfundibles pasos
de un ciervo andino.
A Naranja le encantaban los hongos y por eso el caballeroso
Guillaumín (“Gui, para los amigos”, como le gustaba presentarse), salía a buscarlos al menos una vez por semana. Precisamente regresaba con una bolsa repleta de hongos cuando oyó los pasos de la cierva y se acercó, en silencio y con una mano en el pomo de su pequeña espada, al lugar donde el animal había caído. No había alrededor nada que presagiara peligro y Gui, dejando caer la bolsa,
corrió hasta la cierva herida. En el pescuezo del animal se veía la redonda herida de la bala y al hombrecito le bastó una mirada para comprender que la hembra huemul estaba en peligro de muerte.
Rápidamente armó un emplasto con hierbas para frenar la
hemorragia y decidió que debía correr a avisarle a Fuscal: el
emplasto ayudaría un poco, pero si alguien realmente podía curar a la cierva, ese alguien era el Maestro Mago de la aldea.
La aldea de Fram no estaba muy lejos. Desde allí, un ser humano hubiera podido ver los techos de las casas, simpáticas cabañas de no más de un metro de alto. Pero los hombres no entraban al bosque de Fram, escondido tras las montañas. Esos eran los dominios de los hombrecitos del bosque, de Gui y de sus hermanos, seres de no más de treinta centímetros de altura, nobles habitantes de la
cordillera desde el principio de los tiempos, dedicados al cultivo de las frambuesas, a la recolección de frutos, y a la más pacífica de las convivencias con los animales de los bosques y montañas. Los hombrecitos de Fram no tenían contacto con los humanos, y sabían muy bien por qué los evitaban: la cierva herida era una prueba más de que los pequeños seres acertaban al eludir casi todos los
encuentros con “los gigantes”, como solían llamar a los humanos.
Aunque no estaba seguro de que la hembra huemul pudiera oírlo, Gui le pidió en voz muy baja y muy dulce que lo esperara, le explicó que volvería de inmediato con ayuda y salió corriendo rumbo a la aldea. Corría hacia allí cuando oyó unos pasos y luego un silbido.
Era Porot, sin duda. El robusto hombrecito, amigo y compañero de aventuras de Guillaumín, había salido a buscar leña y caminaba balanceándose bajo el peso de unas gruesas ramas que había recogido de los montones que tapizaban el bosque. Gui detuvo su carrera y en pocas palabras le explicó al amigo lo que estaba pasando.
–Qué extraño –opinó Porot, rascándose la barba como hacía
siempre que algo lo dejaba perplejo–. Creía que Juan los tenía bien controlados.
Se refería a uno de los guardaparques que se encargaban de controlar a los cazadores furtivos. La caza del huemul, animal en severo peligro de extinción, está terminantemente prohibida y los hombrecitos de Fram confiaban en Juan, que al menos hasta ese momento siempre se había mostrado eficaz en el control de los cazadores.
–Sí –respondió Gui–, tendremos que averiguar lo que está
pasando. Pero ahora apurémonos, la cierva puede estar grave.
Cuando los dos amigos entraron a la Casa Comunal, Maese
Fuscal estaba dándole clases a un grupo de jovencitos. El mago sabía que ninguno de ellos se habría atrevido a interrumpir una clase de no mediar un hecho verdaderamente importante, así que dio por terminada la lección y los atendió. Apenas supo lo sucedido,
Fuscal cargó en un morral unos pocos instrumentos y algunas hierbas y se hizo guiar hasta la cierva.
La herida era muy delicada y Fuscal, que lo comprendió de
inmediato, se puso a trabajar en ella sin perder tiempo, trepado sobre el pescuezo del animal. Pero cuando la cierva empezó a salir de su desmayo y sintió que algo le caminaba en el lomo, se asustó tanto que sacudió la cabeza con fuerza. Maese Fuscal perdió el equilibrio, quiso agarrarse de una de las orejas de la cierva, erró el manotazo y cayó despatarrado al suelo, levantando polvo. A pesar
de que el momento era delicado, Gui tuvo que morderse los labios para no reírse, y cuando estuvo seguro de que no se le escaparía una carcajada, se acercó al oído de la hembra huemul y le habló dulcemente para que se calmara. Porot, que era bastante menos delicado que Guillaumín, no se contuvo en absoluto. Por el contrario, tomándose la gran barriga se doblaba de risa. El Maestro Mago, que ahora se sacudía el polvo de la túnica y se alisaba los largos bigotes rubios, lo miró con el ceño fruncido.
–Vamos a tener que usar toda esa leña que juntaste –le dijo, muy serio–. Y deberías traer un caldero con agua, mientras Gui prepara el fuego.
Porot no protestó. Aunque se había pasado toda la mañana
juntando leña le parecía que estaba muy bien usada si servía para curar a la cierva, y eso lo dejaba más que satisfecho. A Maese Fuscal se le pasó el enojo de inmediato. La buena voluntad de su ex alumno era para él un motivo de orgullo.
El fuego crepitaba cuando Porot, ayudado por Lartinet, que lo había visto pasar cargando el caldero, regresó junto a la cierva.
Pronto el agua estuvo hirviendo y Maese Fuscal pudo terminar la primera curación. Con unas pinzas extrajo la bala y una vez que la tuvo en la mano la lanzó lejos, con una maldición. Luego limpió la herida y vendó con cuidado la zona lastimada.
–Ya está –dijo, bajando de un salto del pescuezo del animal.
–¿La vamos a llevar a la aldea? –preguntó Porot, que ya se
imaginaba haciendo fuerza otra vez.
–No –respondió Maese Fuscal–. Sería un esfuerzo demasiado grande para nosotros, y muy poco conveniente para ella. Va a estar bien en pocos días, ahora sólo necesita reposo. Ustedes dos –agregó, señalando a Porot y a Lartinet–, quédense aquí cuidándola. En un par de horas les mandaremos reemplazos.
Comprendiendo que Fuscal quería que lo acompañara, Gui
recogió la bolsa de hongos y se fue junto al mago, que parecía muy preocupado.
–Gui –dijo al fin Fuscal, rompiendo su pensativo silencio–, me parece que es hora de encargarte un nuevo trabajo. Me extraña mucho que un cazador haya llegado tan lejos, y que le haya sido tan fácil burlar a los guardaparques. Vas a tener que averiguar lo que está sucediendo.
Gui sonrió: una vez más sentía el gustito picante y cosquilloso de la aventura.
Una vez que terminaron los hongos que Naranja había
preparado, y luego de despedirse dulcemente de su esposa, Gui salió de su cabaña rumbo a la Casa Comunal, en el centro de la plaza principal de Fram. Al verlo pasar con su capa de viaje, el alto sombrero y las relucientes botas rojas, los amigos le preguntaban para donde partía, y al oír la respuesta de inmediato se ofrecían para acompañarlo. Sin duda, desde el fabuloso rescate de la Reina Madre, que Gui había protagonizado junto a Fuscal, Porot, Ufem y los amigos de El escondido, en todo Fram había crecido muchísimo el gusto por la aventura. En los fogones se contaban los episodios más famosos del rescate, y no había joven que no hubiera querido escalar el volcán, luchar junto a Ernesto Farías o subirse al peludo lomo de Runi, el valeroso perro de la no menos valiente Sol. Al llegar a la plaza, junto a Gui se encontraban ocho ansiosos jóvenes,
sin contar a Porot y su hermano Impil, que los estaban esperando sentados frente a Fuscal. Y a los otros que, apenas se enteraban, salían corriendo rumbo a la plaza, dispuestos a partir de inmediato.
El maestro Fuscal tuvo que poner orden. Había que llegar hasta la casa de los guardaparques, que si bien quedaba fuera de los límites de Fram no estaba tan lejos como El escondido, el pueblo humano. Los elegidos tendrían que averiguar qué era lo que estaba sucediendo, y convenía ser muy discretos. Por eso, Fuscal les explicó a los postulantes que Gui iría tan sólo con dos acompañantes. Al oírlo todos protestaron, pero Maese Fuscal sabía como tranquilizarlos.
–No se trata sólo del viaje –les dijo, levantando los brazos para pedir silencio–. Además habrá que hacer rondas por todo el bosque, poner sobre aviso a los animales y prepararse a actuar. Mucho me temo que el bosque esté infestado de cazadores, y hay que impedir que sigan cometiendo crímenes.
Esta vez un murmullo de aprobación corrió entre los jóvenes
reunidos en la plaza.
–Fuscal tiene razón –gruñó Rafoquer, uno de los hombrecitos más jóvenes–. Organicemos patrullas y recorramos los bosques. Hostiguemos a los cazadores y prevengamos a los animales.
Después de las palabras de Rafoquer los hombrecitos
comenzaron a organizarse en grupos de tres o cuatro, y muy pronto se dispersaron en todas las direcciones. Pocos se acordaron de la misión de Gui. A decir verdad, sólo dos se habían quedado en la plaza, siempre sentados junto al mago: Porot e Impil. Los dos hermanos no participarían de ninguna patrulla. Ellos preferían acompañar a su amigo Guillaumín.
Poco rato después los tres amigos salieron del pueblo. Debían cruzar todo el bosque de Fram, atravesar un pequeño valle al que llamaban Valle Viejo y tras un cerro bajo encontrarían la casa de los guardaparques. Ya era la media tarde: caminando con paso ligero, y sin parar más que un par de horas por la noche, al amanecer del día siguiente llegarían a destino.
III
Mientras se resolvía la improvisada asamblea de los jóvenes deFram, no muy lejos de allí, en lo más intrincado de uno de los tantos bosques de la zona, se estaba efectuando otra reunión. Era una reunión tumultuosa, colérica. Los presentes allí, convocados por Padel, el rey de los huemules, hablaban con voces airadas. Todos tenían algo de que quejarse. Se trataba de una extraordinaria reunión de ciervos andinos que el joven príncipe Munik, a instancias de su padre, se había encargado de organizar. La razón de la reunión era tan simple como conocida: los huemules estaban hartos de sufrir las persecuciones de los cazadores y creían que ya era hora de tomar alguna iniciativa. El rey Padel, aunque estaba tan
ofuscado como todos los demás, intentaba poner un poco de calma, para evitar que los ciervos, en su enojo, cometieran una imprudencia que a la larga terminara perjudicándolos.
–Los cazadores son una plaga, estamos de acuerdo – decía Padel, pero no olvidemos que los guardaparques, hasta ayer nomás, los tenían bien controlados. Quizás deberíamos esperar...
–¡Nada de esperar! –lo interrumpió uno de los huemules más
robustos, un macho de color rojizo y patas negras que se había ganado la reputación de valiente el día en que atacó a un cazador que lo acechaba, haciéndolo huir despavorido–. ¡Nada de esperar! – repitió el joven huemul– ¡Hay que hacer algo! Si nos atacan, ataquemos. Defendámonos. ¡Y no olvidemos que no hay mejor defensa que un buen ataque!
La mayoría de los ciervos presentes aprobaban las palabras de Rafel, el huemul rojizo. Munik, por su parte, sentía el corazón dividido. Por un lado las airadas palabras de Rafel le inflamaban el pecho y lo llamaban a la lucha, pero por otro lado él sabía muy bien que su padre no era ningún cobarde, y estaba seguro de que tenía muy buenas razones para opinar como opinaba. Padel no quería que ninguno de los ciervos terminara herido, o muerto. Y además debía velar por las ciervas y sus crías, pues ¿qué pasaría con ellas si
muchos de esos machos jóvenes y poderosos, movidos por la impaciencia, caían víctimas de las balas de los cazadores?
–Rafel –dijo al fin Munik, decidido a tomar partido por su
padre–, estoy de acuerdo. Hay que hacer algo, y hay que hacerlo pronto. Pero antes escuchemos el consejo de los que tienen más experiencia. Esperemos a que...
Pero Rafel no lo dejó terminar:
–Ya lo dije antes –gruñó–. ¡Nada de esperar! Los que quieran hacer algo ya, que me sigan–. Y diciendo esto dio media vuelta y abandonó la reunión al trote. Detrás de él partieron once huemules más. Los mayores, y algunos jóvenes un poco más tranquilos se quedaron junto a Padel. La reunión se había terminado y, con ella, la milenaria unión de los huemules de la cordillera.
Apesadumbrado el rey Padel volvió a tomar la palabra.
–Sólo espero que no tengamos que lamentar desgracias –dijo tristemente–. Ahora les propongo que vayamos a la aldea de los hombrecitos. Ellos han sido siempre nuestros aliados, juntos podremos hacer algo contra los cazadores.
Sin más discusiones los ciervos aprobaron la propuesta y se
encaminaron hacia Fram, detrás de Padel, que los guiaba cabizbajo.
Rafel, mientras tanto, no perdía el tiempo. Había dirigido a sus seguidores hasta los límites del bosque y escondidos allí, los huemules miraban las ventanas sin luces de una gran cabaña. Se trataba de una posada que, irónicamente, se llamaba “Posada del ciervo”. Allí los cazadores se juntaban a tomar cerveza, comentar sus supuestas hazañas e incluso a pasar la noche, cuando decidían prolongar las cacerías. Rafel tenía un plan ambicioso. Esperarían entre los arbustos hasta que oscureciera y luego pasarían al ataque.
Uno de los huemules, un poco arrepentido, opinó que el plan de Rafel era demasiado arriesgado. Ir a la posada, según dijo, era como meterse en la boca del lobo. Pero el nuevo líder no lo escuchó.
–El que no quiera venir –dijo Rafel, pateando el piso con
arrogancia–, que no venga. Yo voy a atacar aunque tenga que hacerlo solo.
Los demás huemules aprobaron las palabras del jefe dando
grandes cabezazos y chocando sus cornamentas y el ciervo que había hablado con prudencia no tuvo más remedio que callarse la boca... Era evidente que sus compañeros se entusiasmaban cada vez más con las belicosas ideas de Rafel.
Al fin llegó la noche y las luces de la posada se encendieron. El posadero, un ex-cazador que había quedado rengo cuando una de sus propias trampas le atrapó una pierna, salió al patio y entró algunas botellas. Uno de los perros ladró. Extrañado, el hombre encendió una linterna y la apuntó hacia los árboles. Rafel, que en ese momento salía de su escondite, alcanzó a meterse nuevamente entre las ramas justo antes de que el haz de luz lo tocara.
Esa noche se reunía en la posada un pequeño grupo de cazadores recién llegado de la ciudad. Sentados a una de las mesas los experimentados cazadores bebían y conversaban de su tema favorito: la caza, por supuesto. Estaban tan concentrados en la charla que ninguno oyó los cascos de los ciervos que se aproximaban, ni prestó atención a los ladridos de los perros, hasta que los doce huemules, lanzados a toda carrera, llegaron hasta la
puerta misma de la posada y la embistieron. La puerta y una de las ventanas cayeron destrozadas y una pila de cajones con botellas voló por el aire con un infernal ruido de vidrios rotos. En la posada nadie podía creer lo que estaba pasando. Al fin uno de los cazadores reaccionó.
–¡Las armas! –gritó–. ¡Agarren las armas!–. Y los hombres
corrieron hacia el rincón donde apoyaban las escopetas y dispararon contra los huemules, que escapaban luego del sorpresivo ataque.
Uno de los cazadores alcanzó con sus perdigones los cuernos de Rafel, quebrándole la mitad de la cornamenta y otros dos también acertaron. Uno de los ciervos recibió un balazo en una pata trasera y otro fue herido en el lomo.
Los ciervos llegaron al bosque y se perdieron de vista. Ya
recuperados de la sorpresa, los hombres se frotaban las manos, contentos.
–Estos ciervos sí que andan cerca –decía uno–. ¡Parece que
tendremos una buena temporada de caza!
El único que se lamentaba era el posadero. La embestida de los huemules había causado unos cuantos destrozos.
–Espero que me traigan un par de cabezas –decía, furioso–.
¡Las voy a colgar una a cada lado de la puerta!
Ya en lo más profundo del bosque, los doce ciervos detuvieron su carrera. Los dos heridos sangraban mucho, y lo único que querían era llegar a Fram, para que los hombrecitos de la aldea los curaran.
Rafel, apesadumbrado por la pérdida de su cornamenta, pero más aún por los compañeros heridos, comprendió el error que había cometido.
–Padel tenía razón –dijo con voz afligida, mirando uno a uno a los huemules que había conducido a tan efímera como costosa victoria–. Debemos ser más inteligentes. Cuando estemos curados, hablaremos con el rey. Él sabrá disculpar nuestra imprudencia y nos recibirá de nuevo a su lado. Eso espero, al menos –agregó en voz casi inaudible–. No quisiera equivocarme otra vez.
IV
Guillaumín, Porot e Impil caminaron durante toda la noche. A
pesar de las protestas de Porot que quería dormir por lo menos un rato, los tres caminantes hicieron todo el trayecto sin detenerse ni siquiera una vez. Por eso, apenas amaneció, alcanzaron a ver, a lo lejos, la cabaña de los guardaparques, todavía envuelta en las sombras húmedas de la neblina.
En puntas de pie los tres amigos llegaron hasta la ventana trasera de la cabaña. En el mayor de los silencios, para no despertar a los perros ni a los dos guardaparques, treparon al antepecho de la alta ventana. Porot les hizo pie y luego los otros dos, desde arriba y tomándolo de las manos, ayudaron al amigo, que era bastante pesado. Resoplando, Porot terminó de trepar y los tres se asomaron a la ventana abierta del único dormitorio, en el que había sólo dos camas: una de Juan y la otra de su ayudante, Pablo. En su cama, el ayudante roncaba ruidosamente. Se trataba de un hombre joven, muy corpulento, los pelos casi blancos de rubios y la cara rosada y redonda, salpicada de pecas. Aunque era descendiente de polacos, todos en el valle lo llamaban el alemán. En la cama de al lado, la de Juan, no había nadie.
Los hombrecitos se miraron extrañados.
–¿Se levantará tan temprano? –murmuró Porot, reprimiendo unbostezo–. ¡Con lo linda que debe estar esa camita!
–¡Shh, más despacio, Porot! –lo retó Gui–. Ya vas a tener tiempo de dormir. Ahora investiguemos.
Los tres entraron sigilosamente y caminaron a través de la pieza. Sus pasos suaves eran casi inaudibles, aunque en verdad podrían haber entrado zapateando y ni aún así hubieran tapado los fuertes ronquidos de Pablo Bonhoff, el ayudante, que se había ganado una triste pero merecida fama de dormilón. Y lo que es peor, de holgazán. Cruzaron un pasillo y entraron al comedor. La cabaña entera estaba a oscuras, con todas las demás ventanas cerradas.
–Quizá Juan esté en su escritorio –murmuró Impil–. Vamos.
Con mucho cuidado empujaron la puerta del escritorio:
allí tampoco había nadie. Comprendiendo que el único habitante de la cabaña era el ayudante de Juan, abandonaron los excesivos cuidados y se subieron a la mesa llena de papeles, a ver qué era lo que podían averiguar.
Impil y Porot hablaban el lenguaje de los humanos, pero no lo sabían leer, así que esperaron a que Guillaumín les fuera
traduciendo lo que encontraba. Gui no leía a la perfección, pero algo entendía.
–A ver, a ver –dijo Gui con aires de entendido, hojeando los
papeles que a simple vista le parecían más importantes–. Con... con... contreto de tribago.
–¿Contreto de tribago? ¿Qué es eso?
–No, a ver... contrato, contrato de trabajo, eso.
Así fueron revisando todo el escritorio, sin avanzar demasiado en la investigación. Ya eran más de las nueve cuando Impil y Gui oyeron movimientos en la pieza y comprendieron que Pablo se estaba levantando. Rápidamente sacudieron a Porot, que se había dormido apoyado en un gran cenicero de madera y bajaron del
escritorio para seguir los pasos del ayudante.
Pablo Bonhoff entraba en ese momento a la cocina y se disponía a prepararse un suculento desayuno. Pablo era un buen muchacho, respetuoso de las leyes y muy cariñoso con los animales. Y estaba lleno de buenas intenciones. Pero su holgazanería era un grave defecto. Si su jefe no lo vigilaba de cerca, Pablo dormía más de la cuenta (como esa misma mañana), hacía lo mínimo indispensable y siempre encontraba algún pretexto para no terminar las recorridas
de rutina. Los hombrecitos de Fram lo veían ir y venir por la cocina con sus pasos lentos y pesados y pensaban qué debían hacer. Los tres amigos dudaban, pues no era habitual que se presentaran frente a un humano. Si bien los chicos generalmente podían verlos sin problema, en toda su historia sólo unas poquísimas veces se habían permitido el contacto con los adultos “gigantes”. Antes de aparecérsele a un humano los hombrecitos debían estar absolutamente convencidos de que el elegido era digno de confianza. Por otra parte, y aunque pareciera raro, los hombrecitos muchas veces no se presentaban ante los humanos por los humanos
mismos, por cuidar su salud mental. Eso, precisamente, era lo que pasaba con Juan. El guardaparques era un hombre honesto, muy trabajador y tan pero tan celoso de sus deberes que se había convertido en la sombra negra de los cazadores. Sin embargo, los hombrecitos estaban convencidos de que jamás podrían presentarse ante él, porque al serio guardaparques, a pesar de todas sus virtudes, le faltaba una cualidad esencial para aceptar la existencia de los duendes o de cualquier otra maravilla. Le faltaba imaginación. Maese Fuscal les había recomendado que no se presentaran ante él de ninguna manera.
–Ese buen hombre –les había dicho el mago, refiriéndose a
Juan– es muy capaz de dudar de su cordura y hasta de pedir un traslado o una licencia. Y en ese caso, en vez de un favor, les estaremos haciendo un grave daño a los animales del bosque.
De Pablo, por supuesto, nada se había hablado. El ayudante era tan holgazán que nadie lo tenía en cuenta.
Como a la hora, Pablo terminó su abundante desayuno, se vistió lentamente y entró a la oficina. Los tres hombrecitos lo siguieron en silencio. Estaban asombrados, pues lo normal era que a esa hora de la mañana los guardaparques estuvieran casi terminando sus controles, y no iniciándolos. Pablo se sentó en la mesa y se puso a ordenar los papeles que Gui había desordenado. Trepado en el respaldo, Gui trataba de leerlos por encima del hombro del guardaparques. Un rato después Pablo se levantó y volvió a la cocina. Sobre la mesa había quedado una pila ordenada de papeles y carpetas, y arriba de ella, una hoja rosada. Gui la leyó con dificultad.
–Va–ce–cones.
–¿Vacecones? –preguntó Porot.
–Sí, vacecones de Juan Torres.
–¿No será vacaciones? –dijo Impil.
–¡Claro! –dijo Gui–. ¡Eso explica todo! Juan está de vacaciones.
Así pudieron comprender los tres amigos los extraños sucesos que estaban ocurriendo en la jurisdicción de Juan, el guardaparques del Valle de las Frambuesas. Era muy fácil deducirlo: aprovechando la ausencia de su jefe, Pablo se había dedicado a holgazanear; mientras los cazadores, a su vez, aprovechaban la falta de vigilancia.
El trabajo tan mal realizado por el ayudante les permitía meterse en el bosque y atacar impunemente a los animales que debían ser protegidos.
Guillaumín y sus dos amigos se sentaron a deliberar. ¿Qué
debían hacer? Podían presentarse ante Pablo y tratar de influir en su conducta, pero esa era una decisión difícil, ya que lo normal era que el Consejo del pueblo decidiera si un hombrecito podía presentarse ante un humano. Pero no tenían tiempo de ir hasta la aldea a plantear el caso. Tendrían que decidirlo por sí mismos. Y pronto, lo más pronto posible.
V
Las luces de la aldea de Fram ya estaban encendidas cuando los ciervos que lideraba Padel llegaron a la entrada. Los huemules son, por lo general, animales prudentes y hasta tímidos; por eso mismo, la mayoría de ellos prefirió quedarse a la espera de Padel y Munik, que se metieron en el pueblecito y trotaron por la calle principal hasta la plaza.
Los habitantes de Fram, desde las ventanas de sus casas, los veían pasar asombradísimos. Y muchos de ellos no se conformaban con verlos pasar sino que salían de sus hogares y corrían detrás de los dos animales, formando así una extraña procesión. Cuando por fin Padel y Munik llegaron a la Casa Comunal, frente a la plaza, detrás de los ciervos se había formado una larga y no muy silenciosa
fila de curiosos aldeanos.
Alertado por el ruido, Maese Fuscal había salido a la puerta de la gran casa y sentado allí esperaba la llegada del rey Padel. Junto al Maestro Mago esperaban algunos de los ancianos que formaban el Consejo del pueblo.
Ya en la plaza, Padel bajó su gran cabeza en señal de saludo y utilizando el lenguaje del bosque (el habla común de todos los animales y habitantes no humanos del valle), se dirigió al Maestro Mago:
–Tenemos problemas, hombre sabio de Fram –comenzó–. Los cazadores no nos dejan en paz, ustedes lo saben. Es por eso que necesitamos que nos ayuden. Como siempre, contamos con el apoyo de tu generoso pueblo.
–Has hecho bien –contestó Fuscal–. Todos los que te han
seguido por la calle, más los que aún andan recorriendo el bosque, e incluso los más viejos, que se han quedado en sus casas, todos aquí, repito, estamos dispuestos a ayudarte.
Fuscal hizo una pausa y uno de los ancianos aprovechó para decir lo suyo.
–Ayudar a los animales no es sólo generosidad, rey de los
huemules. También es inteligencia. Los humanos ya deberían saber que todos los habitantes de la tierra nos necesitamos mutuamente.
Los aldeanos aprobaron con un murmullo las palabras del viejo hombrecito. Padel volvió a hablar.
–Mis ciervos están en las afueras del pueblo. Me gustaría que me autoricen a llamarlos.
–Por supuesto –respondió Fuscal, cortésmente–, que vengan enseguida.
Al oír esto Munik trotó hacia las afueras del pueblo y muy pronto la aldea entera tembló con el ruido de los cascos de la numerosa manada.
Cuando todos estuvieron reunidos dio comienzo una nueva
asamblea. Debían decidir qué era lo mejor que se podía hacer. Padel contó la discusión que habían tenido con Rafel y la posterior partida de los doce ciervos. Fuscal, a su vez, contó lo que habían hecho los hombrecitos.
–Además de recorrer el bosque hemos enviado un trío a hacer algunas investigaciones. Nos parece muy raro que los
guardaparques hayan sido burlados tan fácilmente.
–Deberíamos esperar a que regresen con noticias –dijo uno de los huemules.
–¡No, ya no podemos esperar! –exclamó un joven aldeano.
Parecía que otra vez iban a comenzar las discusiones, pero en ese momento una ronca voz se alzó desde detrás del grupo.
Una voz ronca y afligida.
–Sí, se puede esperar. Y a veces es lo mejor, lo digo por
experiencia –era Rafel. Junto a sus compañeros habían entrado silenciosamente al pueblo.
Munik se adelantó para hablar, pero Padel fue más rápido.
–Bienvenido, Rafel –dijo con voz serena.
El ciervo rojizo se adelantó. A la luz de los faroles que iluminaban la plaza, todos pudieron ver sus cuernos rotos y, detrás, a los otros dos ciervos heridos.
–Queremos pedir ayuda –dijo Rafel, señalando a sus compañeros lastimados–. Pero antes queremos pedir que nos disculpen, y que nos acepten nuevamente en la manada.
Mientras los ciervos hablaban, Fuscal y sus alumnos se habían acercado a los dos heridos y empezaron a atenderlos. Padel agachó la cabeza y caminó hasta el ciervo joven, mirándolo fijamente con sus grandes ojos negros. Luego, como hacen los huemules cuando se saludan, frotó sus cuernos con la quebrada cornamenta de Rafel, dándolo por aceptado en la manada.
Sellado el reencuentro, la conversación se reanudó rápidamente.
Rafel contó la historia del ataque a la posada y todos se lamentaron al ver confirmadas sus sospechas: el bosque ya estaba sufriendo una invasión de cazadores. Era necesario conocer las noticias que traerían Gui y sus amigos, y por eso todos estuvieron de acuerdo en esperar la llegada de los tres exploradores, al menos por un día.
Mientras tanto, huemules y hombrecitos recorrerían el bosque alertando a los animales del peligro que corrían.
VI
Se acercaba el mediodía y Pablo aún no había comenzado a
trabajar. Sentado en el corredor de la cabaña, el ayudante de
guardaparques se lustraba las botas parsimoniosamente. No parecía tener ningún apuro. Porot, Impil y Gui lo miraban con desagrado.
Podían irse en ese mismo momento y enfrentar a los cazadores sin ayuda, o podían intentar cambiar al holgazán que veían allí sentado.
Porot, mientras acariciaba una maza de madera, opinó que lo mejor era darle un buen golpe en un dedo del pie, y dejarlo allí, dolorido y boquiabierto, sin que supiera nunca lo que le había pasado.
–Que se quede acá –decía Porot–. Es un inútil. Si nos quiere
ayudar, seguramente va a terminar complicándonos.
Impil no pensaba lo mismo. Aunque era obvio que Pablo Bonhoff era un holgazán, creía que si le daban la oportunidad quizás la ayuda del hombre resultara muy útil. Eso mismo pensaba Guillaumín. Recordaba la aventura de la reina de las frambuesas y pensaba en Ernesto Farías, su amigo humano. No olvidaba que, al principio, Ernesto no parecía muy confiable, y sin embargo, se había portado como un héroe. Quizás, como decía Impil, Pablo sólo
necesitaba su oportunidad.
–Tenemos que tomar una decisión –determinó Gui–. Yo digo
que nos presentemos. Algo me dice que este holgazán terminará siendo útil.
–Yo no lo creo –refunfuñó Porot.
El voto de Impil resolvería la cuestión. El delgado hombrecito
suspiró, se encogió de hombros y se decidió.
–Está bien, presentémonos.
Pablo ya había terminado de lustrarse las botas y se estaba
calzando la derecha cuando los tres hombrecitos se le acercaron. Sin que Pablo lo viera, Porot se sentó en la bota izquierda, Impil se subió a la caja donde el ayudante guardaba las pomadas y Guillaumín, encendiendo su pipa, se paró frente al humano.
Pablo terminó de atarse la bota derecha y se inclinó sobre la
izquierda. Cuando la agarró por la caña se encontró con Porot, que lo miraba socarronamente. Pablo pegó un grito, y al mimo tiempo, arrojó lejos de sí la bota, mientras Porot se bajaba de un salto. El ayudante estaba pálido, asustado como nunca en su vida. Se sintió mareado, y quiso sentarse, pero al correr la silla empujó la caja de las pomadas.
–¡Ey, más cuidado! –le gritó Impil, saltando al piso.
Pablo volvió a gritar. Dio una vuelta entera sobre sí mismo,
tomándose la frente y, al fin, se dejó caer en la silla. Unos instantes después, cuando se atrevió a levantar la cabeza, se encontró con Guillaumín. El hombrecito, muy sonriente, se quitó el sombrero y lo saludó con una reverencia. Pablo se cayó de la silla. Había sido demasiado para él.
Viéndolo en el piso, desmayado, los tres amigos rompieron a reír.
Porot se golpeaba la panza, dando sonoras carcajadas, mientras su hermano Impil imitaba los pasos de borracho que había dado el asustado ayudante antes de desmayarse. A Guillaumín, de la risa, le resbalaban gruesas lágrimas por las mejillas.
Un rato después los hombrecitos recuperaron la calma. Todavía riéndose Porot fue hasta la cocina y volvió trayendo un gran vaso de agua. Impil y Guillaumín se pararon frente a la nariz de Pablo y con una hoja le echaron aire en la cara.
Porot volcó el agua sobre la cabeza del guardaparques, que se sacudió, sobresaltado.
–¿Qué pasó? –murmuró, todavía sin entender nada.
–Te desmayaste –le dijo Impil.
–¡Ah! Gracias –respondió Pablo, automáticamente–. Pero luego reaccionó:
–¡¿Quiénes son ustedes?! –gritó.
Los tres hombrecitos se presentaron, haciendo reverencias.
–Porot de Fuencalabral.
–Impil de Fuencalabral.
–Guillaumín de Fresquet.
A Pablo se le salían los ojos de las órbitas.
–¿Qué, qué quieren? –balbuceó.
–Unas cuantas cosas –dijo Guillaumín, volviendo a encender la pipa, que se le había apagado–. En principio, conversar.
Una hora después, los tres hombrecitos terminaban su historia, sentados frente al atónito Pablo, que, siempre en el suelo, había apoyado su espalda contra la pared de la cabaña y desde allí los escuchaba. El ayudante de guardaparques había oído con sorpresa al principio, y con vergüenza después. Lo que le decían esos tres extraños y pequeñísimos seres era la pura verdad: él era en parte
responsable de los atropellos que sufrían los animales del bosque. Él no había cumplido con su trabajo, pero aún estaba a tiempo de remediar su error.
–¿Qué vamos a hacer? –preguntó, levantándose de golpe. Parecía distinto, más resuelto, decidido a poner manos a la obra. La corta charla de los hombrecitos lo había transformado. Guillaumín miró a sus amigos, como interrogándolos. Porot e Impil le devolvieron la mirada. La decisión estaba tomada. En muchísimo tiempo sólo un
humano adulto había pisado la aldea de los hombrecitos de Fram.
Pablo Bonhoff sería el segundo.
–Todos a Fram –exclamó Gui, resueltamente–. ¡Rápido!
VII
Algunos aldeanos y varios huemules empezaban a impacientarse, cuando al fin vieron llegar a los tres hombrecitos y al ayudante del guardaparques, montados en un caballo alazán. La impaciencia que sentían era muy razonable: si no actuaban rápidamente el bosque recibiría una verdadera invasión de cazadores, casi todos los
animales del valle sufrirían con las persecuciones y no pocos
morirían.
Al tranco lento el caballo de Pablo penetró en la aldea. Los
hombrecitos ya empezaban a acostumbrarse a los espectáculos raros, pero igualmente la sorpresa era mayúscula. La noche anterior habían visto pasar por esa misma calle al rey de los huemules y a su hijo, y un rato después, a toda la manada: ahora era nada menos que un humano el que entraba en la aldea, llevando en su caballo a
tres hombrecitos. Y si ellos estaban sorprendidos, Pablo estaba maravillado. Jamás había imaginado ver un pueblo así, que parecía de juguete, bellísimo, lleno de colores y de flores, y donde unos hombrecitos que no pasaban los treinta centímetros lo miraban pasar sin ningún temor, apenas con un gesto de sorpresa. Y mucho menos podría haberse imaginado que ese pueblecito de cuento estuviera a unos pocos kilómetros de su cabaña. ¡Cuál no sería su sorpresa cuando vio, en la plaza del pueblo, a toda una manada de
ciervos andinos, la más grande que había visto en su vida!
Cuando entraron en la plaza, Guillaumín le pidió a Pablo que
detuviera al caballo y colgándose ágilmente de las riendas se bajó.
Detrás, con parecida agilidad, bajó Impil, y por último, con bastante más torpeza, pero sin llegar a caerse, bajó Porot.
–Por favor, esperanos acá –le dijo Gui a Pablo.
El sorprendido muchacho asintió. Aún estaba boquiabierto, y
miraba hacia todos sin poder decidir qué era lo que lo sorprendía más: si los hombrecitos y mujercitas, si las pequeñas casas de techos rojos, las plantaciones de frambuesas o los huemules que, pastando aquí y allá, o echados en la plaza, lo miraban sin el menor gesto de
inquietud.
Guillaumín llegó a la Casa Comunal, con sus dos amigos un paso detrás. Maese Fuscal, en la puerta, lo esperaba muy serio. El Maestro Mago había sido el más sorprendido de todos los habitantes del pueblo: salvo Ernesto Farías, ningún humano adulto se había paseado por las calles de Fram, y la verdad era que Pablo Bonhoff no inspiraba mucha confianza. Pero el Maestro Mago era un hombrecito sabio, y sabía esperar. Estaba sorprendido, pero también estaba seguro de que Guillaumín tendría alguna explicación.
Gui conocía muy bien a su maestro. Le bastó con ver su cara seria para saber lo que el mago pensaba y esperaba.
–Querrás una explicación, maestro –le dijo apenas llegó junto a él.
Fuscal asintió. Gui, entonces, le contó toda la historia: las
vacaciones de Juan, la holgazanería de Pablo, la invasión de los cazadores que se aprovechaban de la situación y, sobre todo, el cambio de actitud que parecía tener el ayudante de Juan. Maese
Fuscal meneó la cabeza, pensativo. No estaba seguro.
–Que se acerque –dijo al fin–. Hablemos con él.
Guillaumín volvió a donde Pablo todavía lo esperaba. El
ayudante bajó del caballo y entró a la plaza caminando. Gui hizo las presentaciones y Maese Fuscal, luego de una breve reverencia, le dio la bienvenida, aunque no fue muy efusivo.
–Seas bienvenido, humano –le dijo, siempre serio–. Nos gustaría saber por qué crees que puede ser útil que te encuentres en nuestro secreto hogar, y nos conozcas.
Pablo pensó bastante antes de contestar. Sabía lo que quería decir, pero quería ser muy claro y convincente.
–Señor –dijo, quitándose el sombrero respetuosamente–, quizás Guillaumín ya le haya explicado: me he comportado mal, muy mal.
Me doy cuenta de que por mi descuido muchos animales han sufrido y otros muchos pueden seguir sufriendo. Y quiero ayudar a terminar con el problema. Creo que si nos ponemos de acuerdo –y señaló con un gesto amplio a los aldeanos y a los ciervos–, y trabajamos juntos, podremos terminar con el peligro que traen los cazadores. Podemos lograr que regresen por donde vinieron, y de ser posible, que nunca más nos vuelvan a molestar.
Fuscal lo miró a los ojos. Le había gustado lo que acababa de decir Pablo, pero ahora quería verlo en acción.
–Veremos –dijo–. ¿Alguna idea?
En ese momento se acercó Padel. El rey de los huemules arrimó su hocico al oído de Fuscal y le habló en el idioma del bosque. Pablo, por supuesto, no entendía nada. Fuscal le respondió, en el mismo idioma, que él también creía en la sinceridad del humano pero que había que verlo actuar. Luego volvió a mirar al joven ayudante. Su mirada repetía la pregunta anterior: ¿tenía él alguna idea?
Entonces intervino Gui.
–Tenemos un plan, maestro –dijo el hombrecito-. Lo hemos
venido conversando con Pablo, Porot e Impil durante todo el
camino. La verdad es que casi todo es idea de Pablo, escuchen, yo creo que puede servir.
Los ciervos y los aldeanos se acercaron, y Guillaumín comenzó con su relato. Hablaba en la lengua del bosque, para que los huemules pudieran entender, mientras Porot, subido en el hombro de Pablo, le iba traduciendo todo lo que Gui decía, y lo que los demás preguntaban o acotaban.
–Parece que el plan les gusta –le dijo Pablo a Porot, en voz muy baja.
Porot, que había terminado por tomarle simpatía, lo palmeó,
sonriente.
–Sí –confirmó, guiñándole un ojo–. Parece que les gusta.
VIII
La Posada del ciervo estaba repleta de hombres que charlaban a los gritos de mesa en mesa, levantando a cada momento los vasos de cerveza alegremente. Había en la posada un notorio ambiente festivo. El posadero se frotaba las manos, satisfecho. Poco importaba lo que había costado reparar los destrozos causados por los ciervos la noche anterior: la extraña noticia se había desparramado rápidamente por toda la región y gracias a ella el local se había llenado como nunca. La mayoría de los cazadores de
la provincia, e incluso algunos venidos de más lejos se encontraban allí, contentos, disfrutando de antemano de unas jornadas de caza que prometían ser muy fructíferas.
De pronto se hizo en el salón un brusco silencio. La puerta se había abierto y por ella había asomado la silueta inconfundible de Pablo Bonhoff. El uniforme reglamentario que Pablo traía puesto, con el sombrero incluido, era como una mancha en ese sitio, donde nunca antes había entrado un guardaparques. Es que la posada, sin ser ilegal, era famosa por albergar entre sus clientes a la gran mayoría de los cazadores furtivos con los que, precisamente, los
guardaparques se mantenían en permanente combate.
Pablo cerró la puerta detrás de sí, muy despacio y, por lo que parecía, muy tranquilamente. Miró hacia todos lados, saludó aquí y allá y avanzó entre las mesas con una gran sonrisa en su cara redonda y colorada. Desde una de las mesas, una voz, escudada en el anonimato, se atrevió a romper el silencio.
–¡Cuidado, muchachos –se burló la voz–, es Bonhoff, el
guardaparques más peligroso!
Estallaron las risas. Pablo, como si no hubiera oído, se mantuvo sonriente y tranquilo. Las conversaciones se fueron reanudando en todas las mesas, y aunque nadie dejaba de mirar al inesperado visitante, la presencia del ayudante no parecía provocar mucho temor. Al fin Pablo pareció elegir una de las mesas ocupadas y se acercó.
–Buenas noches –dijo con su tono más amable–, ¿puedo
sentarme?
Los cazadores de la mesa intercambiaron miradas maliciosas. El que había hablado antes, volvió a hacerlo, siempre con una sonrisa burlona en los labios.
–Por favor, señor guardaparques, es un honor –le dijo mientras corría una silla para que Pablo se sentara–. ¿Una cerveza?
–Sí, y que esté bien fría.
Los cazadores aprobaron la decisión de Pablo con grandes
sonrisas y comenzaron a charlar con él. Habían esperado que el guardaparques se negara a tomar una bebida alcohólica estando de servicio, y la sorpresa les resultó de lo más interesante. Lo consideraban un tonto rematado, pero no se olvidaban de cuál era su trabajo, y estaban convencidos de que podían aprovechar algo de su presencia allí.
–¿Mucho trabajo, guardaparque? –preguntó uno de ellos.
–Muchísimo –respondió Pablo, haciendo un gesto para que le trajeran otra cerveza–, hay una manada de huemules que me está volviendo loco.
Al oír esto los demás cazadores pararon las orejas. Un cazador gordo, el mismo que había herido a la cierva en el arroyo, dejó su lugar en la barra y se acercó a la mesa.
–¿Cómo es eso? –preguntó con tono casual–. ¿Una manada?
–Sí –respondió Pablo–, una manada enorme.
A esta altura todos los parroquianos de la posada estaban
pendientes de sus palabras. Y Pablo parecía disfrutarlo.
–¿Quieren que les cuente? –preguntó, mientras alguien le servía una nueva cerveza. Con los ojos un poco enrojecidos, siempre sonriente y con la cara más colorada que nunca, parecía bastante borracho.
Varias voces al unísono le contestaron que sí, que por supuesto.
Pablo estiró aún más su sonrisa. Ya no tenía necesidad de
interrumpirse para pedir de beber: mientras él hablaba y tomaba, los cazadores se ocupaban de mantenerle el vaso lleno.
–Son más de cuarenta –decía Pablo–. Cruzaron todo el bosque del lago Epecuel y pasaron por las quintas que están detrás del Cerro Gris. Como los quinteros se quejaron de que los huemules les estropeaban las plantaciones, tuve que ir a poner orden, y los corrí de las chacras. ¡Todo el día arreando huemules!
A medida que Pablo avanzaba en su relato, los cazadores lo
fueron rodeando, ya sin disimular ni un poco el interés por tener más detalles de los movimientos de la gran manada. En las mesas de los costados ya no quedaba nadie: todos habían corrido sus sillas y se habían instalado alrededor del guardaparques charlatán, que seguía hablando y bebiendo incansablemente.
–Sí –decía Pablo, deteniéndose cada vez más seguido para
comentar algún detalle, lo cual exasperaba a los cazadores–. Por ejemplo en el arroyo Las truchas uno de los huemules más jóvenes se me quiso volver, entonces yo, rápido de reflejos...
–Bueno, está bien, Bonhoff –lo interrumpió el cazador gordo, un poco malhumorado–, ya nos contó bastante. Ahora díganos, finalmente: ¿adónde llevó a la manada?
–¡Ah! Ustedes quieren saber dónde quedaron, ¿no?
–¡Sí, hombre, eso queremos saber! –le gritó el posadero, que también había perdido la paciencia.
–Al cañadón del Maipén –dijo Pablo, con la voz ya pastosa. Y se terminó un nuevo vaso de cerveza.
Los cazadores se quedaron mudos. El guardaparques no podía haberles dicho nada mejor. El cañadón del Maipén era un paso arenoso, a orillas del arroyo del mismo nombre, bordeado al oeste por una altísima pared del volcán Orozco y por el Cerro Gris hacia el este. Desde ese lugar los ciervos se dirigirían, sin duda, a los pastizales de la reserva, pero si Pablo los había dejado allí al atardecer, era imposible que la manada saliera del encierro hasta la mañana siguiente. Si partían esa misma noche, cerca del amanecer los cazadores encontrarían la manada como esperándolos. El tonto de Pablo les había dado un dato fabuloso.
Poco a poco los hombres se fueron retirando de la posada, con distintas excusas. Y apenas salían se ponían a preparar sus equipos, para partir de inmediato. Pablo, al ver que se estaba quedando solo, se levantó también, agradeció las cervezas que le habían invitado y con paso torpe se encaminó hasta la puerta. Los pocos cazadores que aún quedaban en el salón lo miraron con una mezcla de lástima
y de burla.
Ya fuera de la posada, Pablo caminó hasta su caballo con un paso que se iba haciendo cada vez más seguro. Montó al alazán con agilidad y tiró de las riendas.
–¿Estás bien? –le preguntó Guillaumín, que lo esperaba sentado en la grupa.
–Muy bien, aunque me duele un poco la cabeza. No estoy
acostumbrado a que me inviten tanta cerveza –le respondió Pablo.
Su sonrisa, ahora, no parecía nada tonta. Todo lo contrario.
IX
Faltaba aún bastante para que amaneciera cuando los cazadores comenzaron a llegar al cañadón del Maipén. Aunque pueda parecer algo tan inaceptable como increíble, el hecho es que más de veinte hombres habían cabalgado a través del valle durante la noche, sin más objetivo que el de matar animales sólo para contarlo luego. Ese era el curioso deporte que los animaba, y a eso iban, con las armas preparadas, dispuestos a aprovechar la supuesta indiscreción de Pablo, que les proporcionaría una inolvidable mañana de caza.
–Pobre tipo –dijo uno de los cazadores, sonriendo–, cuando
vuelva Torres seguro que se queda sin trabajo.
El cazador gordo se rió:
–Que se embrome –dijo–, la culpa es suya, por no cuidar a los animalitos.
Los cazadores festejaron el chiste con grandes risotadas. Con la promesa de la abundante caza, todos estaban de excelente humor.
Pero antes de que los cazadores llegaran al Maipén, otras
sombras habían cruzado velozmente por los bosques. Guiados por Pablo, y con los hombrecitos de Fram montados en sus lomos, los ciervos de la manada de Padel se habían anticipado a la llegada de los hombres y esperaban en silencio detrás de los arbustos.
Montado en su alazán, con Guillaumín sobre un hombro, Pablo esperaba la llegada de los cazadores, mientras procuraba que los huemules se mantuvieran firmes y silenciosos en sus puestos. De pronto sonó el chistido de una lechuza y Gui lo tradujo para Pablo: los cazadores estaban llegando. Sólo faltaba decidir quiénes
correrían el riesgo de ponerse al frente, porque el plan necesitaba una vanguardia. Tras una corta discusión llegaron a un acuerdo:
Rafel y su grupo, los que se habían rebelado días atrás, asumirían la parte más peligrosa; ellos arriesgarían sus vidas para que el plan tuviera éxito. Y junto a los jóvenes huemules marcharía Padel.
–Es mi obligación –había dicho simplemente el rey, y nadie
intentó convencerlo de lo contrario.
Ya el sol se abría paso por ente las montañas cuando los primeros cazadores, a todo galope, hicieron su entada en el cañadón.
Esperaban encontrar toda una manada de indefensos huemules, pero no hallaron nada más que el agua del arroyo, muchas piedras, arena y algunas plantas. Se miraron entre sí, atónitos.
–El guardaparques nos engañó –dijo uno.
–No lo creo –dijo otro–. ¿Por qué lo haría?
Mientras los primeros discutían, fueron llegando todos los
demás, que desmontaban y se sumaban a la discusión. Estaban agotados por la cabalgata, y no entendían nada de lo que estaba pasando.
De pronto oyeron un ruido de cascos y como una ráfaga vieron pasar a un huemul que subía por el empinado camino de la montaña y de inmediato se perdía detrás de unos arbustos. Había pasado tan rápido que no les había dado tiempo de reaccionar. El cazador gordo tomó el mando.
–¡Rápido! –gritó–. El guardaparques decía la verdad.
Escondámonos para que los ciervos salgan sin miedo. ¡Y que nadie dispare hasta que yo lo diga!
A la carrera los cazadores se metieron entre los arbustos.
Agachados, arrodillados, tirados en el piso, cada uno eligió la
posición que le pareció más cómoda. Sólo les quedaba esperar a que apareciera el resto de los huemules.
Esperaron durante un largo rato. Las piernas y las manos
empezaban a dormírseles, pero ninguno se movió de su lugar. Si había un ciervo tenía que haber otros, de eso estaban seguros.
Bastante rato después, la gran cornamenta de Padel asomó en el cañadón. Detrás aparecieron las astas partidas de Rafel, y enseguida siete ciervos más. Nueve hermosos animales expuestos a los disparos.
Un cazador, impaciente, se acercó al gordo que había tomado el mando.
–¿Y? –preguntó–. ¿Para cuándo?
–Esperá –le contestó el gordo–. Tienen que venir más. Pero los demás no venían. El impaciente volvió a susurrar.
–No vienen, ya se habrán ido. ¡Tiremos de una vez!
–Está bien –dijo el gordo, y levantó la mano para dar la orden.
–A... –empezó a gritar, cuando se oyó un disparo y los ciervos huyeron. Pero el que había disparado no era un cazador, era Pablo, que se acercaba a los cazadores a todo galope, apuntando su escopeta hacia el grupo. Instantáneamente varios de ellos dejaron caer sus armas, pero otros pretendieron seguir, aunque los huemules ya se hubieran perdido de vista. Uno alcanzó a tirar, pero
la bala pasó muy lejos de los animales. Otro quiso apuntar, pero no pudo disparar: guiados por los hombrecitos, que se mantenían invisibles para los cazadores, más de treinta ciervos los acometieron, saliendo por sorpresa de los escondites. El cazador gordo, el más ofuscado de todos, se empecinó en tirar, pero una flecha, diminuta y filosa como una aguja, se le incrustó en la mano.
Con su endiablada puntería Impil le había acertado el flechazo desde el lomo de una cierva, y a toda carrera. El cazador gordo, aterrado, soltó la escopeta: nunca supo qué o quién lo había atacado.
Un cazador muy flaco quiso llegar hasta donde estaban los
caballos, pero Rafel le cortó la carrera, atravesándose en su camino y haciéndolo caer. Y cuando el hombre pretendió levantar su escopeta, una certera patada del huemul se la hizo volar por el aire.
A otro cazador, que también intentaba llegar hasta los caballos, lo corrieron dos huemules, mientras los hombrecitos que iban montados en los lomos lo apedreaban.
Por todas partes continuaba la batalla. Uno de los hombres,
acosado por una enfurecida cierva, se había tirado al arroyo y desde allí pedía socorro, empapado y tiritando. Y Munik, no muy lejos de allí, se entretenía pisoteando las escopetas que los hombres, en su desesperada huida, habían dejado tiradas. Mientras tanto, Porot, que iba montado en Padel, azuzaba a los caballos para que escaparan. Ése fue el golpe final: tras no más de media hora de lucha los cazadores habían quedado desarmados, golpeados y de a pie.
Pablo, siempre montado en su alazán, les ordenó juntarse.
Luego, con total tranquilidad, les recitó de memoria todas las leyes que habían violado, y los declaró detenidos. Uno de los cazadores, en un último gesto inútil, pretendió envalentonarse.
–¿Usted solo piensa detenernos a todos? –preguntó con
arrogancia.
Munik se acercó entonces al que había hablado y apoyándole los cuernos en la espalda lo empujó hasta hacerlo caer.
–¿Es respuesta suficiente? –preguntó Pablo, sonriente.
Ya había pasado un largo rato después del mediodía, y el sol
pegaba muy fuerte, cuando una extraña procesión llegó a las puertas de El Escondido. Veinticuatro hombres sudorosos, con los pies ampollados y las ropas de caza sucias y rotas, ya sin armas en las manos, iban adelante. Detrás de ellos, con la culata de la escopeta apoyada en la montura del alazán, iba Pablo Bonhoff. Y unos metros atrás del ayudante de guardaparque, marchaban más de treinta huemules. La gente del pueblo miraba pasmada el extraño espectáculo. Pablo, siempre sonriente, no podía dejar de pensar en
las caras que pondría esa gente si, además, pudieran ver a los hombrecitos que iban montados a lomos de los ciervos y que, por supuesto, preferían no dejarse ver.
Así llegaron hasta las puertas de la comisaría.
–¡Acá les dejo a estos señores! –gritó Pablo, y volviéndose en su cabalgadura, volvió a gritar, esta vez dirigiéndose a los ciervos que lo habían seguido. Los ciervos, comprendiendo de inmediato las palabras de Pablo, dieron media vuelta y salieron al galope rumbo a los bosques, hasta perderse de vista en cuestión de minutos. Pablo quedó en medio de la calle, con el brazo extendido en señal de despedida, acompañado solamente por Guillaumín de Fresquet. A
pesar del triunfo obtenido, parecía un poco triste.
–¡Epa! ¿Qué pasa? –exclamó Gui–. Ganamos, ¿no?
–Sí –respondió Pablo, saliendo de su ensimismamiento–. Y
espero que ganemos siempre. Son tan hermosos esos animales.
¿Cómo es que los cazadores no se dan cuenta?
–Ya van a aprender –le dijo Gui, palmeándolo–. Mientras tanto, vos firme en tu puesto, ¿eh?
–Por supuesto –respondió Pablo–. ¡Por supuesto!
X
Una tarde cualquiera, casi diez días después de la batalla, Pablo Bonhoff volvía a la cabaña. Iba cansado, pero contento. Había trabajado durante todo el día, desde el amanecer, rastrillando toda la zona del valle, cuidando que los animales y las plantas del Parque Nacional estuvieran protegidas. Los cazadores no habían vuelto a molestar, y no lo harían por mucho tiempo, pero era mejor no confiarse.
Esa tarde, andando por el bosque, Pablo se había cruzado con el huemul de los cuernos rotos. Le hubiera gustado conocer el idioma del bosque, para poder saludarlo, pero se había contentado con levantar la mano en señal de amistad. Al verlo, el ciervo había alzado y bajado la cabeza dos veces seguidas, y recién después de esos cabezazos se había alejado trotando. Pablo no tenía dudas de que Rafel también lo había saludado.
Pablo iba pensando en ese encuentro cuando algo le llamó la atención. A través de las ventanas de la cabaña se veían las luces encendidas. Pablo apuró el paso de su alazán, desmontó y sin atar al caballo entró rápidamente en la casa: estaba seguro de que él había dejado las luces apagadas. Empezaba a preguntar quién era el intruso, cuando descubrió la silueta inconfundible de su jefe, el guardaparques Juan Torres, que lo esperaba sentado a la mesa de la cocina, escribiendo algo en un borrador y con un mate recién cebado para Pablo.
–Bienvenido, compañero –lo saludó su jefe, con una sonrisa.
–Me había olvidado de que usted llegaba hoy, Juan –dijo Pablo, apresuradamente–. Discúlpeme.
–Mientras estuvieras trabajando –le respondió Juan, con tono burlón.
Pablo quiso contestar, pero su jefe lo interrumpió.
–Ya sé que trabajabas, quedate tranquilo. Pasé por El Escondido y me contaron una historia medio rara, de huemules cazando cazadores. ¿Vos sabés algo?
Pablo sonrió, se alzó de hombros como restándole importancia al asunto y no dijo nada.
Juan amplió aún más su sonrisa, cebó otro mate y con la cabeza señaló el borrador que estaba escribiendo.
–Estoy escribiendo un informe. Me parece que el cargo de
ayudante te está quedando chico. Y creo que ya es hora de que en esta cabaña vivan dos guardaparques. ¿Estás de acuerdo?
Pablo sintió que las mejillas se le ponían coloradas. Pensó en los huemules, en Gui y los demás hombrecitos, en que tendría que ir a contarles la buena nueva, y hasta en su futuro, todo a la vez. Juan, siempre sonriendo, se levantó de la mesa para saludarlo.
–Felicitaciones, guardaparques –le dijo, mientras Pablo le
sacudía la mano, emocionado.
FIN
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