Costó convencer a mi madre de que me dejara viajar. Tuve que decirle que era la editorial la que me mandaba. Mi madre leía desde niña las revistas de la editorial: había empezado con revistas para niñas, luego había seguido con las que tenían juguetes troquelados para armar, más adelante las fotonovelas, y ahora las de tejido y cocina.
—A lo largo de los años, nunca encontré una escena inconveniente o una mala palabra.
—Mamá, leés revistas de cocina. ¿Qué mala palabra puede haber?
—Los cocineros a veces se queman y dicen cosas terribles. En las páginas de las revistas de Libra, lo más fuerte que encontré fue un ¡caramba!
Insistió en prepararme el equipaje con ropa que me hubiera permitido sobrevivir varios años en una isla desierta. Cuando tuve oportunidad, reduje los numerosos bultos a una sola valija marrón que había sido de mi padre y en la que todavía seguían pegadas calcomanías de hoteles y de barcos.
El señor Carey insistió en darme una bolsa de terciopelo negro llena de botones de diferentes formas y tamaños.
—Me voy por cuatro o cinco días. No voy a usar tantos botones.
—Lleve la bolsa, hágame caso. Botones, hilo y aguja son cosas que nunca están de más.
Y así partí en tren a Finlandia Sur, con la valija de mi padre, una bolsa llena de inútiles botones y el cuaderno amarillo. Apenas el tren arrancó me puse a leer el relato de Salerno.
VULCANDRIA
Contaré con mis propias palabras lo que recuerdo de aquel relato. La historia era así:
El señor Voss vivía en una casa baja ubicada entre dos edificios. A nadie le hubiera gustado vivir rodeado de altos edificios de oficinas, pero el señor Voss encontraba en esta situación ciertas ventajas. Los domingos el barrio era tranquilo —más que tranquilo, muerto— y además estaba muy cerca de su trabajo. Podía ir y volver caminando. Esto era de suma importancia para el señor Voss, porque le permitía ser absolutamente puntual. Los trenes, los taxis y los ómnibus podían fallar a causa de calles cortadas, huelgas sorpresivas o accidentes, pero era improbable que un obstáculo le impidiera su marcha a pie.
La puntualidad era un asunto de la mayor importancia. Cada cinco años, la empresa para la que trabajaba el señor Voss entregaba a uno de sus empleados la medalla a la puntualidad. Y en el último cuarto de siglo —el tiempo que llevaba trabajando en la empresa— el señor Voss había ganado todas las medallas (en cuyo frente estaba representado el cuadrante de un reloj).
Desde luego, el señor Voss era soltero —nada menos compatible que el amor a la puntualidad y las mujeres— y no tenía hijos. Vivía entregado a su trabajo. Su labor consistía en presentar largos informes sobre el funcionamiento de la empresa. A veces sus informes resumían otros informes, enviados desde otros puntos del país, a los que despojaba de todo aquello que consideraba imprecisiones y fantasías. Las autoridades de la empresa confiaban mucho en la exactitud del señor Voss. Cuando se lo cruzaban en los pasillos o en el ascensor, lo felicitaban por sus rígidos criterios.
A veces el señor Voss se permitía una pequeña jactancia:
—Si de algo me precio, es de ser un hombre sin imaginación.
Pero en general, para cuando Voss se animaba a articular con claridad estas meditadas palabras, las autoridades ya se habían alejado, apremiadas por sus obligaciones y responsabilidades.
Una tarde de invierno el señor Voss salió de su oficina, como todos los días, a las seis, y antes de las seis y media ya estaba en su casa. Como había oscurecido, el señor Voss encendió una lámpara y luego de hacerse una taza de té se dispuso a leer una biografía de Napoleón. Era un libro polvoriento de seiscientas páginas, que el señor Voss leía con lentitud, porque cada día olvidaba lo que había leído el día anterior. Aunque era una biografía documentada, el señor Voss notaba que en la Historia ocurrían no pocos hechos increíbles, y que debería ser la obligación de los historiadores silenciarlos. Que todo sonara bien real, aunque para ello se debiera perder algún hecho. Total, si había algo que en la Historia abundaba eran los hechos. Ya casi había terminado su té cuando oyó golpes en la puerta.
«Qué raro», pensó el señor Voss. «Hoy no espero a nadie».
En realidad nunca esperaba a nadie.
Abrió la puerta sin tomar la mínima precaución de preguntar quién era. A veces el señor Voss tomaba decisiones de improviso, que consideraba audacias extremas; una vez, muchos años atrás, había pedido en un restaurante un plato de nombre extranjero sin preguntar antes qué era.
Iluminado por el farol de la calle, se veía a un hombre que parecía un antiguo guerrero con una armadura hecha de lava. Tenía una oreja vendada. El señor Voss lo miró una y otra vez y al final se puso rojo de indignación. ¡Los pordioseros recurrían cada vez a trajes más extravagantes! De todos modos recompensaría al pobre hombre. Buscó en su bolsillo una moneda, pero el otro hombre ni siquiera la miró.
—¡El nombre, el nombre! —repitió el estrafalario personaje, apretando los dientes.
—¿Qué nombre?
—¡El nombre de la ciudad!
El señor Voss pensó que estaba ante un loco peligroso y le cerró la puerta en la cara.
Un poco nervioso por la situación que acababa de vivir, se sentó en su sillón amarillo —alguna vez había sido amarillo y ahora era gris— y se dispuso a tomar una segunda taza de té. ¿Pero si la escena había sido una alucinación provocada justamente por el té? Después de todo era un té chino que acaba de comprar. ¿Y quién controla a los chinos cuando preparan sus envíos de té?
El señor Voss puso la cabeza entre sus manos y se puso a pensar que todo eso no le era tan ajeno como parecía. El guerrero, su armadura hecha de lava (y si había lava, debía haber un volcán), el reclamo por el nombre de la ciudad… A los diez años, ¿acaso no había imaginado algo semejante? ¿No había hecho dibujos de una ciudad llamada Vulcandria, una ciudad cuya vida dependía de un volcán? El calor de las profundidades de la tierra hacía mover las máquinas y alimentaba las plantas de los invernaderos. Fuera de Vulcandria todo era frío.
En estas cavilaciones estaba el señor Voss cuando volvieron a golpear a la puerta. Esta vez tomó la precaución de espiar por la mirilla. Era otro guerrero, pero este parecía más maltrecho que el anterior. Un tajo negro le cruzaba la frente.
—Vulcandria pronta a caer. Abajo: hombres topo. Cañones de hielo sobre el volcán. El nombre, el nombre.
Hablaba así, como si estuviera acostumbrado a transmitir telegramas, o como si las palabras se le hubieran ido perdiendo por el camino y solo le hubieran quedado las más importantes. El señor Voss no se animó a abrir la puerta. Gritó:
¡Vulcandria!, pero eso no conformó al guerrero.
—Ese nombre no, el otro, el secreto. El que enciende el volcán.
¿Así que el volcán se había apagado? El señor Voss imaginaba que debía haber alguna dependencia ministerial que se ocupaba de los volcanes y los terremotos, una oficina de catástrofes o algo por el estilo. Lo seguro era que no era asunto suyo.
Se apartó de la puerta y fue hasta un gran armario, en cuya parte superior había unas cajas viejas con cosas de su infancia. Encontró una caja de cartón llena de cuadernos y dibujos. «¡Qué insensatez, imaginar una ciudad!», pensó mientras miraba sus viejos papeles. «¡Si mis jefes en la empresa llegaran a enterarse!».
Ahí, frente a él, estaban aquellos cuadernos cuadriculados que él había olvidado por completo. La niñez está llena de cosas accesorias, portátiles e inútiles. Con cuánto detalle había dibujado murallas y guerreros y sistemas defensivos y la exuberante botánica volcánica. Qué cuidado en la redacción de la Historia de Vulcandria, con sus dinastías de reyes y sus grandes batallas. Cuando tenían que comunicar a sitios lejanos una victoria, los vulcandrios —si era así como se llamaban— enviaban bandadas de cuervos mensajeros.
Aunque buscó y buscó, el señor Voss no encontró en ninguna parte el nombre secreto de la ciudad. Tal vez no lo había escrito y había confiado en su memoria. A esa edad, uno cree que no olvidará jamás las cosas que cree importantes. Pero dos meses después todo queda borrado.
Encontró también dibujos de los enemigos. Los hombres topos, que socavaban los cimientos de la ciudad, y a quien nadie había visto, pero cuyos ruidos y voces se dejaban oír bajo las tablas del suelo. Los guerreros de hielo, empeñados en congelar Vulcandria con sus cañones que disparaban témpanos. Los defensores tendrían que arreglárselas solos, porque él había renunciado a esas cosas. Sus méritos eran de otra clase. ¡Cinco medallas consecutivas a la puntualidad! ¿Sabrían valorar esos guerreros moribundos lo que eso significaba? ¡Mucho más que cien batallas, y que todos los delirios de la imaginación de un niño! Que insistieran, él no abriría la puerta. Todo tenía un límite.
Tan molesto estaba que se sirvió un vaso de leche y se puso su viejo pijama de franela azul para ir a dormir. Se enviaba a sí mismo a la cama sin comer, como castigo por toda aquella fantasía. Ningún niño debe escapar a su castigo, aunque este tarde años, aunque el castigo lo alcance ya maduro. Pero volvieron a oírse golpes en la puerta.
Ahí se interrumpía el manuscrito. Miré la página con la sensación de que ahí estaba escondida no solo la historia del señor Voss y su reino amenazado, sino también la historia que me esperaba. ¿Quién no ha sentido alguna vez que todo lo que ha de sucederle ya está escrito, pero con una letra ilegible o en un papel arrugado o en un idioma incomprensible?
FINLANDIA SUR
Llegué a una estación desierta. Cerca de allí estaba la calle de los hoteles; busqué entre los carteles el del Hotel Las Nubes, la única pista que tenía para encontrar a Julio César Molinari, alias Míster Chan-Chan.
El hall del hotel estaba vacío; las moscas zumbaban atrapadas en cortinas amarillas. Apareció una mujer que llevaba un pañuelo en la cabeza; se secaba las manos en un repasador.
—Buen día. ¿Tiene cuartos libres?
La mujer lanzó una carcajada.
—Quien tiene cuartos, los tiene libres. Ya nadie visita Finlandia Sur.
—¿Por qué no?
—¿No lo sabe? ¿Acaso se bajó del tren porque se equivocó de estación?
—No. Es aquí adonde quería venir —le contesté.
Me tendió una tarjeta de cartón, donde los pasajeros del hotel anotaban sus datos.
—¿Viene a estudiar? ¿O es de esos curiosos que a veces nos visitan para ver si es verdad que en los cines dan películas que no se terminan, y que a los libros les faltan las últimas páginas?
Anoté mi nombre y le entregué la tarjeta.
—No —respondí—. Estoy buscando a Míster Chan-Chan.
Se le borró la sonrisa de la cara.
—¿Para qué lo busca? —preguntó de mal modo.
—Estoy investigando la historia de los viejos teatros de variedades, y sé que él hacía un show, con un traje chino rojo y con dragones dorados…
La mujer miró por la ventana, como si Míster Chan-Chan estuviera por aparecer de un momento a otro.
—Espero que lo busque por eso, y no por lo que realmente es…
No sé si la señora hubiera completado la frase, pero algo la interrumpió: una voz joven, pero grave y seria, la voz de quien nunca ha dejado los deberes sin hacer, nunca se fue a dormir sin cepillarse los dientes, nunca salió a la calle sin atarse el pelo con una cinta amarilla…
—… un buscador de finales… —dijo la voz.
El vestido azul estaba tan almidonado que crujía; y dentro de esa armadura de almidón y tablas estaba la muchacha más hermosa que yo hubiera visto. Por un momento imaginé que no haría falta colgar ese vestido de una percha; bastaba con dejarlo en un costado de la habitación, de pie, como una armadura. Una sonrisa le hubiera venido de maravillas a aquella chica, pero tenía el gesto tenso de quien está a mitad de camino entre una Obligación Importante que ha dejado atrás y un Asunto Urgente que la espera. Le sonreí sin que me sonriera, la miré sin que me mirase.
Ante la chica no podía mentir, así que dije que era un buscador de finales, y que buscaba al mejor de todos, Míster Chan-Chan, para el trabajo más difícil.
—La gente le contaba una historia y él entonces acertaba con el final. Y decían que los finales que contaba eran mejores que los que la gente recordaba, le daban sentido a lo que habían vivido… Después trabajó para la radio, enviando finales en cajas de cartón. Y de pronto un día desapareció para siempre…
La chica asentía con cierto aburrimiento, como si yo repitiera algo que decenas de personas antes de mí ya habían dicho, en tardes iguales a esa.
—Míster Chan-Chan renunció a todo eso. No quiere que le recuerden el pasado.
Él se ha hecho enemigo de todos los finales. No querrá saber nada con vos.
—¿Él te dijo que me dijeras eso?
—No. Él no habla con nadie desde hace años.
Seria como había llegado se retiró; era tan grave su aspecto que sentí el impulso de saludarla con una reverencia.
La señora se quedó mirando a la chica que se iba.
—Esa chica, ¿conoce a Míster Chan-Chan?
—Claro que lo conoce. Es su hija Alejandra. Pero hace tiempo que no se ven. Bueno, en realidad Míster Chan-Chan no ve a nadie. Tampoco a mí, que soy su hermana mayor, María Elena Molinari.
—¡Su hermana mayor! Entonces debe saber…
—Entonces no sé nada. Ahora vaya a dormir. Y no se sorprenda de que sus sueños no tengan final.
UNA PÁGINA ROTA
A la mañana, cuando fui a desayunar, la muchacha me estaba esperando.
—Creí que no querías hablar conmigo.
—Lo pensé mejor. ¿En serio estás dispuesto a buscar a Míster Chan-Chan?
—A eso vine. Pero la única pista que tengo es este hotel.
Me miró con gravedad. Me di cuenta de que por unos segundos ella había esperado que yo tuviera la respuesta.
—Yo también vine a buscarlo, hace quince días. Estaba esperando cumplir los 16, que mi mamá me dejara viajar. Mi padre vino a esta ciudad cuando se fue de casa, hace seis años. Se alojó en este hotel. Estuvo unos días en el cuarto en el que estoy ahora.
—¿No le dijo nada a tu tía?
—Apenas hablaba. Estaba amargado, consumido por los nervios. De noche se oían sus grandes pasos, que resonaban en todo el hotel. Una mañana salió diciendo que iba a buscar trabajo; nunca volvió.
—¿Hay algún amigo al que le podamos preguntar?
—No, después del incidente ya no se comunicó con nadie.
—¿Qué incidente?
—¿Ni siquiera sabés eso? Que él mismo te cuente eso, si lo encontrás. Tiempo después de que se fuera me mandó una carta.
Buscó en sus bolsillos y sacó un papel amarillo, casi marrón, parecía la hoja de un libro viejo.
—¿Puedo leerla?
—¡No!
—Ahí puede haber una pista, para saber dónde está.
—La leí muchas veces. La conozco de memoria. No hay ninguna pista.
—¿Me dejarías ver el sobre?
—Estaba furiosa y lo hice pedazos. Pero no había ningún remitente. En la estampilla había una mariposa azul.
Yo noté algo en la carta y estiré la mano para alcanzarla. Ella pensó que quería sacársela y dio un tirón. Yo me quedé con un tercio de la hoja en la mano.
—Era lo único que tenía de mi padre y ahora está roto.
—Perdón. Solo quería… Se puso de pie, furiosa.
—No tenés nada que ver con Míster Chan-Chan. ¿Por qué no te vas de este hotel y de la ciudad AHORA MISMO?
Se marchó, rumbo a su cuarto. Me quedé mirando el trozo del papel con el que me había quedado.
PASEO NOCTURNO
El papel estaba desgarrado, pero decía: … SE ACABÓ DE IMPRIMIR A LOS CINCO DÍAS DEL
MES DE DICIEMBRE…
El padre de la chica, Míster Chan-Chan, había escrito la carta en la página final de un libro.
Paseé por el centro de Finlandia Sur. Hacía frío, los cafés cercanos a la plaza estaban abiertos, con los vidrios empañados, la gente paseaba por las calles con bufandas, guantes y gorros que mostraban hilos de lana sueltos, como si no los hubieran terminado de tejer. La manía de dejar las cosas inconclusas había empezado por los libros, pero ya había contaminado todo. En las plazas, bajo los grandes árboles, las estatuas incompletas recibían el rocío de la noche. Un caballero montaba un bloque de mármol, del que apenas sobresalía la cabeza de un caballo; una diosa griega mostraba una cara perfecta, pero a medida que su cuerpo, nacido en las alturas, llegaba al suelo, ya no se distinguían los brazos de la túnica. Como viajero curioso, me acerqué a la gente que conversaba en los bancos de las plazas, en las esquinas: las anécdotas no se terminaban.
—El otro día me encontré con Camaro. Hacía veinticinco años que no lo veía, desde el colegio. ¿Y a que no sabés lo que me dijo?
Pero uno nunca se iba a enterar de lo que había dicho Camaro.
—Hoy a la mañana salí apurado de casa y me tropecé con un juguete que habían dejado tirado en la vereda. Era un autito que se había caído del cuarto piso, justo donde vive…
Pero uno nunca se enteraba de quién vivía en el cuarto piso.
Entré en un café, al lado del cine, y pedí un café con leche que me trajeron en una taza gigantesca. En una azucarera había unos terrones de azúcar envueltos en papel azul.
Del otro lado del vidrio un viejo me golpeó la ventana y me señaló sus bolsillos. Era un mendigo, pero en vez de pedir, parecía que estaba ofreciendo algo. Cuando el mozo apareció con cara de pocos amigos, el mendigo se alejó.
—¿Qué quería ese hombre? ¿Pedía limosna? —le pregunté al mozo.
—¿Limosna? ¡No! —El mozo bajó la voz—. Es un traficante de finales. Si lo dejamos entrar, la policía nos cierra el local.
—¿Un traficante de finales?
—A algunos les gustan las películas sin final. No a todos. Hay gente chapada a la antigua, que quiere la historia completa. Y estos malvivientes se aprovechan de las expectativas de la gente para venderles finales. Les dan papelitos donde les cuentan qué pasa, en fin, si gana el héroe, si se queda con la chica, si el sheriff dispara primero… Pero para mí que inventan: no sé si ellos vieron esas películas enteras alguna vez.
Terminé mi café con leche y salí a la calle. El aire frío me despertó. Busqué con la mirada hacia los lados, pero el viejo había desaparecido. Ya estaba por irme cuando escuché una voz, desde un umbral:
—¿Qué busca?
No vi a nadie, pero detrás de una columna salía una columna de vapor: esa es la forma que tienen las palabras en invierno.
Respondí:
—Información.
—¿Qué película vio?
—Ninguna.
La voz sonó menos tranquila.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Es de la policía?
—¿Parezco policía? Quiero saber quién se ocupa de arrancar las páginas a los libros.
El hombre salió de la oscuridad. Era el mendigo de antes. Noté que los papeles abultaban los bolsillos de su abrigo.
—Libros no. No trabajo con libros. La policía es menos tolerante con los finales de libros. Con las películas nos dejan en paz, siempre que trabajemos de noche y sin hacer escándalo, pero con los libros son muy quisquillosos. ¿Está buscando el final de una novela?
—No, tengo un pedazo de la última página y quiero saber de dónde salió.
Le mostré el pedazo de papel.
—Tengo esto, nada más.
—Quince pesos.
Busqué en mi bolsillo y le tendí un par de billetes. Miró hacia los costados antes de guardar la plata.
—Vaya a la Biblioteca Central. Verá a una vendedora de café. Dígale la contraseña: quiero un café con siete cucharaditas de azúcar.
—¿Esa es la contraseña?
—Sí. Nadie pide un café con siete cucharaditas de azúcar. Por eso ella se da cuenta de que se trata de una contraseña. Nosotros pensamos en todo.
Un policía pasó por la esquina. El vendedor de finales volvió a desaparecer en su rincón oscuro. Yo eché a caminar hacia la Biblioteca.
Contaré con mis propias palabras lo que recuerdo de aquel relato. La historia era así:
El señor Voss vivía en una casa baja ubicada entre dos edificios. A nadie le hubiera gustado vivir rodeado de altos edificios de oficinas, pero el señor Voss encontraba en esta situación ciertas ventajas. Los domingos el barrio era tranquilo —más que tranquilo, muerto— y además estaba muy cerca de su trabajo. Podía ir y volver caminando. Esto era de suma importancia para el señor Voss, porque le permitía ser absolutamente puntual. Los trenes, los taxis y los ómnibus podían fallar a causa de calles cortadas, huelgas sorpresivas o accidentes, pero era improbable que un obstáculo le impidiera su marcha a pie.
La puntualidad era un asunto de la mayor importancia. Cada cinco años, la empresa para la que trabajaba el señor Voss entregaba a uno de sus empleados la medalla a la puntualidad. Y en el último cuarto de siglo —el tiempo que llevaba trabajando en la empresa— el señor Voss había ganado todas las medallas (en cuyo frente estaba representado el cuadrante de un reloj).
Desde luego, el señor Voss era soltero —nada menos compatible que el amor a la puntualidad y las mujeres— y no tenía hijos. Vivía entregado a su trabajo. Su labor consistía en presentar largos informes sobre el funcionamiento de la empresa. A veces sus informes resumían otros informes, enviados desde otros puntos del país, a los que despojaba de todo aquello que consideraba imprecisiones y fantasías. Las autoridades de la empresa confiaban mucho en la exactitud del señor Voss. Cuando se lo cruzaban en los pasillos o en el ascensor, lo felicitaban por sus rígidos criterios.
A veces el señor Voss se permitía una pequeña jactancia:
—Si de algo me precio, es de ser un hombre sin imaginación.
Pero en general, para cuando Voss se animaba a articular con claridad estas meditadas palabras, las autoridades ya se habían alejado, apremiadas por sus obligaciones y responsabilidades.
Una tarde de invierno el señor Voss salió de su oficina, como todos los días, a las seis, y antes de las seis y media ya estaba en su casa. Como había oscurecido, el señor Voss encendió una lámpara y luego de hacerse una taza de té se dispuso a leer una biografía de Napoleón. Era un libro polvoriento de seiscientas páginas, que el señor Voss leía con lentitud, porque cada día olvidaba lo que había leído el día anterior. Aunque era una biografía documentada, el señor Voss notaba que en la Historia ocurrían no pocos hechos increíbles, y que debería ser la obligación de los historiadores silenciarlos. Que todo sonara bien real, aunque para ello se debiera perder algún hecho. Total, si había algo que en la Historia abundaba eran los hechos. Ya casi había terminado su té cuando oyó golpes en la puerta.
«Qué raro», pensó el señor Voss. «Hoy no espero a nadie».
En realidad nunca esperaba a nadie.
Abrió la puerta sin tomar la mínima precaución de preguntar quién era. A veces el señor Voss tomaba decisiones de improviso, que consideraba audacias extremas; una vez, muchos años atrás, había pedido en un restaurante un plato de nombre extranjero sin preguntar antes qué era.
Iluminado por el farol de la calle, se veía a un hombre que parecía un antiguo guerrero con una armadura hecha de lava. Tenía una oreja vendada. El señor Voss lo miró una y otra vez y al final se puso rojo de indignación. ¡Los pordioseros recurrían cada vez a trajes más extravagantes! De todos modos recompensaría al pobre hombre. Buscó en su bolsillo una moneda, pero el otro hombre ni siquiera la miró.
—¡El nombre, el nombre! —repitió el estrafalario personaje, apretando los dientes.
—¿Qué nombre?
—¡El nombre de la ciudad!
El señor Voss pensó que estaba ante un loco peligroso y le cerró la puerta en la cara.
Un poco nervioso por la situación que acababa de vivir, se sentó en su sillón amarillo —alguna vez había sido amarillo y ahora era gris— y se dispuso a tomar una segunda taza de té. ¿Pero si la escena había sido una alucinación provocada justamente por el té? Después de todo era un té chino que acaba de comprar. ¿Y quién controla a los chinos cuando preparan sus envíos de té?
El señor Voss puso la cabeza entre sus manos y se puso a pensar que todo eso no le era tan ajeno como parecía. El guerrero, su armadura hecha de lava (y si había lava, debía haber un volcán), el reclamo por el nombre de la ciudad… A los diez años, ¿acaso no había imaginado algo semejante? ¿No había hecho dibujos de una ciudad llamada Vulcandria, una ciudad cuya vida dependía de un volcán? El calor de las profundidades de la tierra hacía mover las máquinas y alimentaba las plantas de los invernaderos. Fuera de Vulcandria todo era frío.
En estas cavilaciones estaba el señor Voss cuando volvieron a golpear a la puerta. Esta vez tomó la precaución de espiar por la mirilla. Era otro guerrero, pero este parecía más maltrecho que el anterior. Un tajo negro le cruzaba la frente.
—Vulcandria pronta a caer. Abajo: hombres topo. Cañones de hielo sobre el volcán. El nombre, el nombre.
Hablaba así, como si estuviera acostumbrado a transmitir telegramas, o como si las palabras se le hubieran ido perdiendo por el camino y solo le hubieran quedado las más importantes. El señor Voss no se animó a abrir la puerta. Gritó:
¡Vulcandria!, pero eso no conformó al guerrero.
—Ese nombre no, el otro, el secreto. El que enciende el volcán.
¿Así que el volcán se había apagado? El señor Voss imaginaba que debía haber alguna dependencia ministerial que se ocupaba de los volcanes y los terremotos, una oficina de catástrofes o algo por el estilo. Lo seguro era que no era asunto suyo.
Se apartó de la puerta y fue hasta un gran armario, en cuya parte superior había unas cajas viejas con cosas de su infancia. Encontró una caja de cartón llena de cuadernos y dibujos. «¡Qué insensatez, imaginar una ciudad!», pensó mientras miraba sus viejos papeles. «¡Si mis jefes en la empresa llegaran a enterarse!».
Ahí, frente a él, estaban aquellos cuadernos cuadriculados que él había olvidado por completo. La niñez está llena de cosas accesorias, portátiles e inútiles. Con cuánto detalle había dibujado murallas y guerreros y sistemas defensivos y la exuberante botánica volcánica. Qué cuidado en la redacción de la Historia de Vulcandria, con sus dinastías de reyes y sus grandes batallas. Cuando tenían que comunicar a sitios lejanos una victoria, los vulcandrios —si era así como se llamaban— enviaban bandadas de cuervos mensajeros.
Aunque buscó y buscó, el señor Voss no encontró en ninguna parte el nombre secreto de la ciudad. Tal vez no lo había escrito y había confiado en su memoria. A esa edad, uno cree que no olvidará jamás las cosas que cree importantes. Pero dos meses después todo queda borrado.
Encontró también dibujos de los enemigos. Los hombres topos, que socavaban los cimientos de la ciudad, y a quien nadie había visto, pero cuyos ruidos y voces se dejaban oír bajo las tablas del suelo. Los guerreros de hielo, empeñados en congelar Vulcandria con sus cañones que disparaban témpanos. Los defensores tendrían que arreglárselas solos, porque él había renunciado a esas cosas. Sus méritos eran de otra clase. ¡Cinco medallas consecutivas a la puntualidad! ¿Sabrían valorar esos guerreros moribundos lo que eso significaba? ¡Mucho más que cien batallas, y que todos los delirios de la imaginación de un niño! Que insistieran, él no abriría la puerta. Todo tenía un límite.
Tan molesto estaba que se sirvió un vaso de leche y se puso su viejo pijama de franela azul para ir a dormir. Se enviaba a sí mismo a la cama sin comer, como castigo por toda aquella fantasía. Ningún niño debe escapar a su castigo, aunque este tarde años, aunque el castigo lo alcance ya maduro. Pero volvieron a oírse golpes en la puerta.
Ahí se interrumpía el manuscrito. Miré la página con la sensación de que ahí estaba escondida no solo la historia del señor Voss y su reino amenazado, sino también la historia que me esperaba. ¿Quién no ha sentido alguna vez que todo lo que ha de sucederle ya está escrito, pero con una letra ilegible o en un papel arrugado o en un idioma incomprensible?
FINLANDIA SUR
Llegué a una estación desierta. Cerca de allí estaba la calle de los hoteles; busqué entre los carteles el del Hotel Las Nubes, la única pista que tenía para encontrar a Julio César Molinari, alias Míster Chan-Chan.
El hall del hotel estaba vacío; las moscas zumbaban atrapadas en cortinas amarillas. Apareció una mujer que llevaba un pañuelo en la cabeza; se secaba las manos en un repasador.
—Buen día. ¿Tiene cuartos libres?
La mujer lanzó una carcajada.
—Quien tiene cuartos, los tiene libres. Ya nadie visita Finlandia Sur.
—¿Por qué no?
—¿No lo sabe? ¿Acaso se bajó del tren porque se equivocó de estación?
—No. Es aquí adonde quería venir —le contesté.
Me tendió una tarjeta de cartón, donde los pasajeros del hotel anotaban sus datos.
—¿Viene a estudiar? ¿O es de esos curiosos que a veces nos visitan para ver si es verdad que en los cines dan películas que no se terminan, y que a los libros les faltan las últimas páginas?
Anoté mi nombre y le entregué la tarjeta.
—No —respondí—. Estoy buscando a Míster Chan-Chan.
Se le borró la sonrisa de la cara.
—¿Para qué lo busca? —preguntó de mal modo.
—Estoy investigando la historia de los viejos teatros de variedades, y sé que él hacía un show, con un traje chino rojo y con dragones dorados…
La mujer miró por la ventana, como si Míster Chan-Chan estuviera por aparecer de un momento a otro.
—Espero que lo busque por eso, y no por lo que realmente es…
No sé si la señora hubiera completado la frase, pero algo la interrumpió: una voz joven, pero grave y seria, la voz de quien nunca ha dejado los deberes sin hacer, nunca se fue a dormir sin cepillarse los dientes, nunca salió a la calle sin atarse el pelo con una cinta amarilla…
—… un buscador de finales… —dijo la voz.
El vestido azul estaba tan almidonado que crujía; y dentro de esa armadura de almidón y tablas estaba la muchacha más hermosa que yo hubiera visto. Por un momento imaginé que no haría falta colgar ese vestido de una percha; bastaba con dejarlo en un costado de la habitación, de pie, como una armadura. Una sonrisa le hubiera venido de maravillas a aquella chica, pero tenía el gesto tenso de quien está a mitad de camino entre una Obligación Importante que ha dejado atrás y un Asunto Urgente que la espera. Le sonreí sin que me sonriera, la miré sin que me mirase.
Ante la chica no podía mentir, así que dije que era un buscador de finales, y que buscaba al mejor de todos, Míster Chan-Chan, para el trabajo más difícil.
—La gente le contaba una historia y él entonces acertaba con el final. Y decían que los finales que contaba eran mejores que los que la gente recordaba, le daban sentido a lo que habían vivido… Después trabajó para la radio, enviando finales en cajas de cartón. Y de pronto un día desapareció para siempre…
La chica asentía con cierto aburrimiento, como si yo repitiera algo que decenas de personas antes de mí ya habían dicho, en tardes iguales a esa.
—Míster Chan-Chan renunció a todo eso. No quiere que le recuerden el pasado.
Él se ha hecho enemigo de todos los finales. No querrá saber nada con vos.
—¿Él te dijo que me dijeras eso?
—No. Él no habla con nadie desde hace años.
Seria como había llegado se retiró; era tan grave su aspecto que sentí el impulso de saludarla con una reverencia.
La señora se quedó mirando a la chica que se iba.
—Esa chica, ¿conoce a Míster Chan-Chan?
—Claro que lo conoce. Es su hija Alejandra. Pero hace tiempo que no se ven. Bueno, en realidad Míster Chan-Chan no ve a nadie. Tampoco a mí, que soy su hermana mayor, María Elena Molinari.
—¡Su hermana mayor! Entonces debe saber…
—Entonces no sé nada. Ahora vaya a dormir. Y no se sorprenda de que sus sueños no tengan final.
UNA PÁGINA ROTA
A la mañana, cuando fui a desayunar, la muchacha me estaba esperando.
—Creí que no querías hablar conmigo.
—Lo pensé mejor. ¿En serio estás dispuesto a buscar a Míster Chan-Chan?
—A eso vine. Pero la única pista que tengo es este hotel.
Me miró con gravedad. Me di cuenta de que por unos segundos ella había esperado que yo tuviera la respuesta.
—Yo también vine a buscarlo, hace quince días. Estaba esperando cumplir los 16, que mi mamá me dejara viajar. Mi padre vino a esta ciudad cuando se fue de casa, hace seis años. Se alojó en este hotel. Estuvo unos días en el cuarto en el que estoy ahora.
—¿No le dijo nada a tu tía?
—Apenas hablaba. Estaba amargado, consumido por los nervios. De noche se oían sus grandes pasos, que resonaban en todo el hotel. Una mañana salió diciendo que iba a buscar trabajo; nunca volvió.
—¿Hay algún amigo al que le podamos preguntar?
—No, después del incidente ya no se comunicó con nadie.
—¿Qué incidente?
—¿Ni siquiera sabés eso? Que él mismo te cuente eso, si lo encontrás. Tiempo después de que se fuera me mandó una carta.
Buscó en sus bolsillos y sacó un papel amarillo, casi marrón, parecía la hoja de un libro viejo.
—¿Puedo leerla?
—¡No!
—Ahí puede haber una pista, para saber dónde está.
—La leí muchas veces. La conozco de memoria. No hay ninguna pista.
—¿Me dejarías ver el sobre?
—Estaba furiosa y lo hice pedazos. Pero no había ningún remitente. En la estampilla había una mariposa azul.
Yo noté algo en la carta y estiré la mano para alcanzarla. Ella pensó que quería sacársela y dio un tirón. Yo me quedé con un tercio de la hoja en la mano.
—Era lo único que tenía de mi padre y ahora está roto.
—Perdón. Solo quería… Se puso de pie, furiosa.
—No tenés nada que ver con Míster Chan-Chan. ¿Por qué no te vas de este hotel y de la ciudad AHORA MISMO?
Se marchó, rumbo a su cuarto. Me quedé mirando el trozo del papel con el que me había quedado.
PASEO NOCTURNO
El papel estaba desgarrado, pero decía: … SE ACABÓ DE IMPRIMIR A LOS CINCO DÍAS DEL
MES DE DICIEMBRE…
El padre de la chica, Míster Chan-Chan, había escrito la carta en la página final de un libro.
Paseé por el centro de Finlandia Sur. Hacía frío, los cafés cercanos a la plaza estaban abiertos, con los vidrios empañados, la gente paseaba por las calles con bufandas, guantes y gorros que mostraban hilos de lana sueltos, como si no los hubieran terminado de tejer. La manía de dejar las cosas inconclusas había empezado por los libros, pero ya había contaminado todo. En las plazas, bajo los grandes árboles, las estatuas incompletas recibían el rocío de la noche. Un caballero montaba un bloque de mármol, del que apenas sobresalía la cabeza de un caballo; una diosa griega mostraba una cara perfecta, pero a medida que su cuerpo, nacido en las alturas, llegaba al suelo, ya no se distinguían los brazos de la túnica. Como viajero curioso, me acerqué a la gente que conversaba en los bancos de las plazas, en las esquinas: las anécdotas no se terminaban.
—El otro día me encontré con Camaro. Hacía veinticinco años que no lo veía, desde el colegio. ¿Y a que no sabés lo que me dijo?
Pero uno nunca se iba a enterar de lo que había dicho Camaro.
—Hoy a la mañana salí apurado de casa y me tropecé con un juguete que habían dejado tirado en la vereda. Era un autito que se había caído del cuarto piso, justo donde vive…
Pero uno nunca se enteraba de quién vivía en el cuarto piso.
Entré en un café, al lado del cine, y pedí un café con leche que me trajeron en una taza gigantesca. En una azucarera había unos terrones de azúcar envueltos en papel azul.
Del otro lado del vidrio un viejo me golpeó la ventana y me señaló sus bolsillos. Era un mendigo, pero en vez de pedir, parecía que estaba ofreciendo algo. Cuando el mozo apareció con cara de pocos amigos, el mendigo se alejó.
—¿Qué quería ese hombre? ¿Pedía limosna? —le pregunté al mozo.
—¿Limosna? ¡No! —El mozo bajó la voz—. Es un traficante de finales. Si lo dejamos entrar, la policía nos cierra el local.
—¿Un traficante de finales?
—A algunos les gustan las películas sin final. No a todos. Hay gente chapada a la antigua, que quiere la historia completa. Y estos malvivientes se aprovechan de las expectativas de la gente para venderles finales. Les dan papelitos donde les cuentan qué pasa, en fin, si gana el héroe, si se queda con la chica, si el sheriff dispara primero… Pero para mí que inventan: no sé si ellos vieron esas películas enteras alguna vez.
Terminé mi café con leche y salí a la calle. El aire frío me despertó. Busqué con la mirada hacia los lados, pero el viejo había desaparecido. Ya estaba por irme cuando escuché una voz, desde un umbral:
—¿Qué busca?
No vi a nadie, pero detrás de una columna salía una columna de vapor: esa es la forma que tienen las palabras en invierno.
Respondí:
—Información.
—¿Qué película vio?
—Ninguna.
La voz sonó menos tranquila.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Es de la policía?
—¿Parezco policía? Quiero saber quién se ocupa de arrancar las páginas a los libros.
El hombre salió de la oscuridad. Era el mendigo de antes. Noté que los papeles abultaban los bolsillos de su abrigo.
—Libros no. No trabajo con libros. La policía es menos tolerante con los finales de libros. Con las películas nos dejan en paz, siempre que trabajemos de noche y sin hacer escándalo, pero con los libros son muy quisquillosos. ¿Está buscando el final de una novela?
—No, tengo un pedazo de la última página y quiero saber de dónde salió.
Le mostré el pedazo de papel.
—Tengo esto, nada más.
—Quince pesos.
Busqué en mi bolsillo y le tendí un par de billetes. Miró hacia los costados antes de guardar la plata.
—Vaya a la Biblioteca Central. Verá a una vendedora de café. Dígale la contraseña: quiero un café con siete cucharaditas de azúcar.
—¿Esa es la contraseña?
—Sí. Nadie pide un café con siete cucharaditas de azúcar. Por eso ella se da cuenta de que se trata de una contraseña. Nosotros pensamos en todo.
Un policía pasó por la esquina. El vendedor de finales volvió a desaparecer en su rincón oscuro. Yo eché a caminar hacia la Biblioteca.
SIETE CUCHARADITAS DE AZÚCAR
La Biblioteca estaba abierta día y noche. El edificio iluminado, y a su alrededor todo a oscuras. Subí unos escalones de piedra, entré en el gran salón cruzado por largas mesas de madera. Unos pocos lectores se inclinaban sobre los libros; vi a una chica con un libro diminuto, más allá a un hombre que llevaba uniforme de guarda del ferrocarril y que consultaba los mapas de un libro gigantesco. Yo saqué un libro de los anaqueles, el primero que vi, una enciclopedia sobre pájaros, y me puse a pasar las páginas sin prestar mucha atención.
De inmediato vi a la vendedora de café. Era una mujer de pelo blanco, que vestía un uniforme que hacía años, muchos años, le había provisto la desaparecida importadora de café Las Águilas. Empujaba un carrito donde tenía termos con café, té, mate cocido y chocolate, y paquetes de galletitas. Al pasar entre los lectores, trataba de tentarlos. No podía gritar su mercadería —Silencio, biblioteca— pero dejaba abierto el termo de chocolate para que se esparciera el olor o comía ruidosamente una galletita rellena. Ver tomar da ganas de tomar, ver comer da ganas de comer. Más allá, una chica de lentes pidió un chocolate. Yo iba a hacer lo mismo, pero recordé la clave:
—Por favor, un café con leche con SIETE cucharaditas de azúcar.
La señora se acomodó la gorra de Café Las Águilas sobre su pelo blanco y me miró con aire de complicidad.
—¿Con siete? ¿No será muy dulce?
—Con siete.
—¿No con seis o con ocho?
—Siete —insistí.
Miró hacia los lados. Después sirvió lo que le pedía. Las cucharadas, además, abundantes. El café casi desbordaba el vaso de papel.
—Ahora tómeselo.
—No, era la clave, nomás.
—Tómeselo, que hay que disimular. Es sospechoso que alguien pida un café y no lo tome. Después camine hacia el sector de libros sobre astronomía.
Me tomé el café. Casi no me pasaba por la garganta. Empecé a buscar los libros de astronomía, pero antes de llegar escuché la voz.
—¿Qué final necesita?
Le mostré el papelito y le conté:
—Esto es una última página, y está manchada de hollín. ¿De dónde puede haber salido?
—Treinta pesos y hablamos.
—¿Treinta? Ya le di quince al que me mandó acá.
—Ese no es mi problema. Hubiera venido directamente, y se ahorraba esos quince.
Busqué los billetes en mi bolsillo.
—¿No usa billetera? Mire cómo están, todos arrugados. —Los alisó—. Venga conmigo.
Caminamos a través de pasillos amurallados de libros.
—Este papel puede haber salido de un solo sitio: el lugar donde se queman las páginas finales de los miles de libros que llegan a nuestra ciudad. El Instituto es el corazón mismo de Finlandia Sur. Ahí todos los finales son extirpados y arrojados a las llamas. Al que se encarga de esa tarea lo llamamos el Incinerador.
Me hizo señas de que la siguiera y llegamos a un gran ventanal. Desde allí se veían a lo lejos unos edificios de pocos pisos que parecían abandonados y más allá una gran fábrica, semejante a los talleres del ferrocarril. Una chimenea inmensa se levantaba hacia el cielo y dibujaba nubes de humo negro.
—Ahí tiene lo que busca: el Instituto Purificador de Finlandia Sur.
LA FÁBRICA DE DISFRACES
A la mañana encontré a la señora María Elena en la cocina.
—¿No vio a Alejandra? —pregunté.
—No la vi. Y no creo que quiera verlo a usted.
Sabía que estaba en uno de los cuartos así que golpeé la puerta de todos.
La encontré en el 137. La puerta estaba entreabierta; ella estaba sentada en la cama mirando el papel floreado de las paredes.
—Sé cómo llegar a tu padre. Necesito que me acompañes.
—¿Por qué? Él no quiere que lo encuentre. Haber venido hasta aquí fue un error. Tengo que volver a mi casa, a mis estudios. Ya mi mamá me había advertido. Al final, ella tenía razón.
Siempre hay un momento en que se descubre que la madre tenía razón, pensé. Y no es un momento feliz. Quise consolarla:
—Si tu padre te escribió la carta en esa página, es porque sí quería que lo encontraras. Mi padre, cuando se fue, no dejó ninguna señal. Se fue, y nada más.
Le tendí el pedazo de página. Ella sacó el resto de la carta de su bolsillo. Los unió, los separó, los unió, los separó: era un rompecabezas de dos piezas, pero le costaba trabajo armarlo.
—Fue una señal para que siguieras sus pasos. Yo los seguí por vos. Está en el Instituto Purificador.
Me miró con odio, con esa clase de odio instantáneo que solo pueden conseguir las mujeres.
—El Instituto Purificador no existe. Los mismos libreros sacan las páginas de los libros para no tener problemas. Mirá la guía de teléfonos, o preguntá en la municipalidad: no existe ningún Instituto Purificador.
—Probar no cuesta nada.
Esa misma tarde salimos rumbo a la fábrica que me había señalado la vendedora de café. Salimos del centro de la ciudad, caminamos por calles arboladas y desiertas hasta llegar al edificio de la fábrica. Como las ventanas estaban en lo alto, no podíamos ver el interior. Sobre la entrada había un cartel que decía: FÁBRICA DE
DISFRACES Y ARTÍCULOS DE COTILLÓN.
Alejandra me miró con mala cara.
—Me dijiste que era el Instituto Purificador y es una fábrica de disfraces.
—No te dejes engañar por las apariencias. —Le señalé la chimenea de ladrillos, de la que salía un humo negro—. ¿Por qué una fábrica de disfraces estaría quemando día y noche?
—No sé. Para quemar los trajes que no sirven. Las serpentinas viejas. Las máscaras de goma. ¿No sentís olor a goma quemada?
—Esconden el lugar donde queman las páginas. No quieren que nadie sepa dónde está. Estoy seguro de que tu padre, si es que trabaja allí, se preocupa por salvar páginas de libros. Debe ser una especie de doble agente.
—Esperemos que sí.
Apenas pasamos la gran puerta de reja, un hombre gordo nos cortó el paso. Tenía una gorra azul que parecía de fiesta de disfraces.
—Sin autorización nadie entra.
—Buscamos a Julio César Molinari. Es el padre de mi amiga.
—No me importa quién es el padre de su amiga. Sin autorización sellada, nadie entra.
—Pero Julio César Molinari…
—Para mí no existen los Julio César Molinari, ni los García, ni los Mandrake… Para mí no hay nombres, para mí todos son números. Todos tienen que poner su tarjeta en ese reloj que ven allí, que les marca la hora de entrada y la de salida. Yo conozco a todos por su número de tarjeta. No me importan sus nombres y menos, sus hijos.
Pasó frente a nosotros un hombre alto, con un maletín.
—Ese por ejemplo es el 1044 —dijo el guardia, orgulloso de su memoria.
—Pero no sé el número de mi padre. No lo veo desde hace seis años.
—Ya les dije: imposible entrar. Nadie puede distraer a los que trabajan aquí. Un pequeño error y volamos por los aires.
Rodeamos la fábrica, los largos muros de ladrillo rojo, buscando algún lugar por donde entrar. Al llegar a la parte posterior del edificio, encontramos una entrada para camiones. La reja de hierro estaba abierta, y dos operarios se ocupaban de vaciar la caja de un camión. Sacaban libros atados con hilo y los echaban en un gran canasto con ruedas. Una vez que estaba lleno lo llevaban al interior del edificio. Después el carrito volvía vacío y se repetía la operación.
—Si nos metemos en el carrito, con los libros, ellos mismos nos llevarán adentro. El carrito es grande, cabemos los dos.
—No, no estoy lista.
—Si nos atrapan, nos echan y nada más, no hay otro peligro.
—No es por miedo. Es que no estoy preparada para verlo. Todavía no.
No me gustaba entrar solo, pero ella tenía sus razones.
—¿Vas a sonreírme antes de que entre?
—No sé sonreír.
—Todo el mundo sabe. Hay que estirar la boca hacia los costados. También se pueden mostrar los dientes, pero eso es opcional.
—Si hago eso me sale una mueca. Yo no sé.
En reemplazo de la sonrisa imposible, me puso la mano en el hombro. Hizo un gesto con la cabeza, señalando a los hombres que bajaban los libros del camión:
—Yo me ocupo de distraerlos.
Alejandra se acercó a los hombres. Empezó a hablarles en voz baja. Desde mi escondite no llegaba a saber qué les preguntaba, pero con su pálida seriedad contagiaba la sensación de que se trataba de algo importante y profundo. Les debía estar preguntando el nombre de una calle o de una plaza, pero creaba el sortilegio de que en la información se jugaba el destino de la humanidad. Yo aproveché para acercarme al gran canasto y saltar en su interior. Una vez adentro me tapé con los libros, hasta que me cubrieron por completo. Estuve un buen rato allí; más libros cayeron sobre mí. Los tiraban sin cuidado, y cada atado de libros caía como si se tratara de ladrillos atados con piolín. Maltrecho y dolorido, ya estaba por abandonar mi plan, cuando la carretilla se puso en movimiento.
El olor blanco del papel nuevo y el negro de la tinta fresca se mezclaba con el olor amarillo de los libros viejos. Algunos terminaban con reencuentros y otros con despedidas; algunos con una batalla de miles de hombres y otros con una mujer sola frente a un teléfono, pero todos tenían en común que, en algún momento, terminaban, y estaban a punto de dejar de terminar.
LA HABITACIÓN DE LA CALDERA
Las ruedas del carro rechinaban: me llevaron por un largo pasillo, después por una rampa. A medida que me acercaba a mi destino, en el interior de la fábrica, en los sótanos del edificio, el olor a libros viejos y nuevos cedía frente al olor a papel quemado. El canasto con ruedas se detuvo, después de chocar con una pared. Esperé unos segundos. Después me decidí a asomar apenas la cabeza y esto es lo que vi:
Un hombre corpulento se dedicaba a arrancar páginas de libros. Vestía un uniforme gris, y tenía las manos y la cara tiznadas por el hollín que flotaba en el sótano. Estaba sentado en una especie de trono formado por paquetes de libros atados con hilo. Por todas partes lo rodeaban montañas de libros que esperaban ser extirpados de su final; él arrancaba las páginas con una mezcla de precisión y violencia, como si deshojara alguna especie de flor maldita, que era necesario exterminar. Luego echaba el libro en un montacargas, desde donde el ejemplar retomaría su camino hacia las librerías de Finlandia Sur.
En cuanto a las páginas arrancadas, el hombre hacía con ellas aviones de papel que arrojaba a través de la enorme habitación a la boca de una caldera que ardía en el otro extremo. Los aviones llevaban su carga de finales y epílogos, de triunfos y fracasos, a través del sótano. Como si estuvieran guiados a control remoto entraban por la puerta abierta de la caldera, y aterrizaban entre llamas. El Incinerador tenía una habilidad prodigiosa: todos los aviones iban directo hacia el fuego. A pesar de la cara tiznada llegué a reconocerlo por la foto que me había mostrado Sanders: era Julio César Molinari, alias Míster Chan-Chan.
Me puse de pie y sentí la felicidad de estirar las piernas acalambradas. El hombre me miró sorprendido y un poco asustado, como si pensara que de pronto los libros habían cobrado vida y llegaban para vengarse por tantas páginas quemadas, tantos semejantes mutilados. Pero su sorpresa duró poco: cuando bajé del carro se acercó a mí y tomándome de una oreja con sus manos gigantes empezó a llevarme hacia el montacargas.
—Nadie puede entrar aquí. Nadie puede molestar al Incinerador.
Ya estaba a punto de caer sobre los libros.
—¡Espere! Vengo de parte de su hija.
Molinari, Míster Chan-Chan o El Incinerador, como ahora se hacía llamar, se detuvo. En su cara había una muestra de alarma y de alivio. Parecía despertar de un sueño. Sanders me había dicho que cuando actuaba en los teatros Míster Chan-Chan entrecerraba los ojos, como si estuviera conectado con un mundo invisible y a la vez con el real: así me miró, como si mi sola presencia fuera una historia que necesitaba un final. Me señaló el montón de libros y allí nos sentamos, alumbrados por el fuego.
—No estoy preparado para ver a mi hija. Hágame un favor, dígale que no me encontró.
—Su hija lo necesita. Vino a esta ciudad, está en el Hotel Las Nubes, y parece que se va a quedar ahí hasta que lo encuentre. Lamento decirlo, pero es una chica muy persistente.
Se pasó un trapo sucio de hollín por la frente, que quedó tan sucia como antes: era como limpiarse con un carbón.
—Cometí un gran error que causó la muerte de una persona. Cometí ese error por soberbia, por creerme un gran buscador de finales. Vine a esta ciudad a pagar por mis pecados. Aquí nada puede tentarme a volver a mi antiguo oficio.
Hizo un nuevo avión de papel. Me di cuenta de que mi presencia lo había perturbado, porque el avión no siguió la misma trayectoria de los otros: hizo una pirueta en el aire y pareció a punto de desviarse, aunque al final también fue a parar al fuego.
—¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Por qué me busca? ¿En serio se lo pidió mi hija?
Le hablé de Sanders, de mi aprendizaje. Parecía no querer oír, pero después de meses, tal vez de años de aislamiento, no podía suprimir del todo la curiosidad.
—Necesito que lea las páginas de Salerno y que les encuentre un final. Es la única manera de que Sanders triunfe sobre Paciencia y sobre el Método. Dígame aunque sea una palabra, algo que pueda ayudar a Sanders.
Arrancó las páginas finales de una novelita de tapas rosas.
—Nada me gustaría más que ayudar a mi viejo amigo. Pero no puedo buscar más finales. Son una maldición. Llevan a la desgracia y a la muerte.
—Pero eso lo cree solo usted. Sanders lo admira. Dice que nunca hubo nadie mejor.
—Le contaré una historia. Entonces comprenderá por qué es mejor que esté aquí, arrojando papeles al fuego.
continuará....
No hay comentarios:
Publicar un comentario